COPE

Con los años he perdido dos bienes, uno material y otro abstracto: pelo y vergüenza. Se lo comentaba el pasado sábado a don Eusebio León –quien vive en África, de los León de allí de toda la vida-, el día después de un tiempo nuevo en la sociedad cívico-cofradiera: tenemos acuerdo, aleluya, para las cofradías de la Madrugada. Tener acuerdos –donde digo “acuerdos”, leemos “horarios”- es sin duda un hecho que cualquier persona relacionada con ese microcosmos debería celebrar. No tanto por los horarios en sí, que eso en el fondo me da lo mismo, sino por ahorrarnos un trabajo agotador: tener una opinión efectiva y posible sobre el asunto. Estás en la reunión, en el bar, en la comida familiar, y de esto que, entre conversación y conversación, sale el tema de los horarios de la Madrugada. Y ahí se va, complejo de CECOP y concejalía de Fiestas Mayores, a proponer una oferta irrefutable. Dice el tópico que hay tantas Semana Santas como personas las ven, así que imaginamos la cantidad de propuesta-soluciones que nos hemos encontrado a lo largo de estos cuatro años de abrir Google Maps y ponernos como locos a trazar recorridos. Tanta exigencia es muy cansada, también incómoda, encima gratuita. Y no la podíamos soportar más. Así que gracias a las hermandades de la Madrugada por ponerse de acuerdo en esas cuatro o cinco horas, aunque para tal hayamos tardado cuatro años, aunque para tal estemos como estábamos, pues por lo visto el cambio, si no se cumplen los horarios, no sirve de nada. ¿Será que en lugar de los horarios, quienes debemos de cambiar somos nosotros? Esperemos entonces no cuatro años, sino la eternidad.

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