COPE

Con estos fríos de diciembre, que tanto se prestan a las coplillas ripiosas de Miguel Cid y a la prosa preciosista sobre los cielos inmaculados, azules, que hemos perdido y tal y cual, nada mejor que entrar en calor. Con la realidad, si es posible. El inconveniente de entrar en calor con la realidad, más aún en esta ciudad tan dada a lo desconcertante, es que te deje helado. Por lo que estaríamos en el punto de partida en el que empezamos. Aun así, hagamos, de honestidad y convicción en nuestras ideas, el trabajo fino. De las tres reformas –cómo suena: reforma- que se plantearon tras la Semana Santa de 2017, se han cumplidos dos: la del Martes y la de la Madrugada. Reformas, en cierto modo insustanciales, sobre horarios, recorridos, callecita por aquí, cruce por allá. Ajustes que se nos presentan, pienso, modo tráiler o teaser, anticipo, para el gran cambio, la medida esperada, enigmática novedad: cómo será, seguridad y prevención y altavoces y vallas, la Madrugada de 2018. Aunque el alcalde Espadas nos dijera, en la primavera de este año, que antes del verano estaría todo culminado, lo cierto es que sólo sabemos rumores, informaciones aisladas. Concreción, confirmación, poca: de ninguna institución, menos aún de ese Consejo que siempre –ellos son muy tradicionales- se pone de perfil. He de suponer –quiero suponer- que para los próximos meses –enero, febrero- será presentado un plan para actuar –de nombre pedante y correcto y burocráticamente relamido- contra las avalanchas, las peleas y el mal ambiente que se da en esas horas en las que el lote de ginebra y el niñaterío autóctono hacen su aparición. Yo sólo espero –y creo- que esta demora en la concreción sea fruto de la exigencia, y no de la desidia. Pues de no ser así, seremos nosotros los que, sin duda, saldremos corriendo.

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