COPE

Hablamos, el pasado jueves, del niñaterío que suele merodear en la Madrugada. Niñaterío de toda clase y condición y barrio y familia –retratos simplistas, ninguno-. Los veo: van ahí con su lote, con sus grupos en modalidad camada –salvajes-, al río, al puente, a las setas, también por la calle Feria o por donde más o menos, según hora, vaya pillando. Tomando aquel recuadro de Antonio Burgos “y sabes que la sorpresa / por todas partes te aguarda”, aunque en este supuesto no sea un nazareno con su lírica de túnica blanca, sino la pota o la pelea o los cristales rotos y las bolsas de plástico. Realidad menos poética que todo ese relato de la cera ardida y la Madrugada de Dios, sin embargo más verosímil, me temo que más exacta. Pero, aun así, la Semana Santa no es esa efervescencia de vulgaridades que algunos suelen ver, grupo de guasap y foto viral mediante, comentario superficial –medalla, abriguito largo- en los corrillos de los hermanos en un besamanos: “Es que no sé adónde vamos llegar, mira, mira, con su mesa, su sandía…”, “Lo de las sillitas es tremendo”, “Y coge y se pone ahí a comer pipas y me dice a mí que no se puede pasar, ¿que no se puede pasar?”. Tenemos, a pesar del drama manido, una fiesta en donde predomina tolerancia, buen comportamiento, razonable educación. Y si no, un vistazo, analogía, a la historia –prueba del algodón contra supuestos males modernos-. Ahí veremos niños en las canastillas de los pasos, cruces de guía abandonadas en las puertas de las iglesias, nazarenos –no niñatos- bebiendo en los bares. Incluso años en los que no se pudo, guerra, tiesedad, celebrar la Semana Santa. En efecto: menos latigazos en la espalda, aunque sí, aunque todo este embrollo, esta fiesta, sea motivo de penitencia.

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