COPE

Pienso en tanto lío de falda de tanto miembro de junta de irreprochable moral católica e incuestionable reputación entre semejantes. Pienso en las reventas de las sillas de la carrera oficial, incógnita de la que aún no tenemos despejada solución alguna sobre el enigma, qué ocurrió con aquello, quién se benefició de aquella triquiñuela, qué falló para que sucediese, si alguien supo lo que pasaba. Pienso, también, en los 20000 euros que desaparecieron en la hermandad de Los Gitanos, cantidad de ceros que el hermano mayor puso de su bolsillo para que allí se corriera tupido velo, decisión que no sabemos cómo llamar: de salvación o de cómplice. Pienso en las cámaras de seguridad –con megafonía, control de aforo- que el ayuntamiento tiene planteadas para la Madrugada de 2018, cámaras que, según el delegado del Gobierno en Andalucía, no estarán disponibles en las calles de Sevilla, pues el burócrata papeleo se ha iniciado tarde, y resulta imposible –cuentan- llegar a la primavera con el tinglado listo –donde hay administración, no manda urgencia-. Pienso en el cartel de la Semana Santa, en que no estaría de más pagar al autor de la obra, por aquello del trabajo, de las horas, del esfuerzo, esas cosas por las que se come, se bebe, se pagan las facturas. Pienso, nada de paja en el ojo ajeno, en las guerrillas de intereses del propio periodismo: el corporativismo –mal de esta ciudad- también se encuentra entre el oficio. Pienso en todo esto, y en lo que quedará por ahí. Pero sólo hasta que llega el diecitanto de diciembre. Pero sólo hasta que pasa ese segundo. Tan breve, tan inmenso.

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