LOS ÁNIMOS DE INCLINACIÓN ARISTOCRÁTICA NO DEBERÍAN CELEBRAR EL FIN DE AÑO

Ángel Garó transfigurado en el brillo de los vestidos, en la purpurina de los antifaces, en los colores de las serpentinas: no esperemos más. La noche de Fin de Año es una fiesta de José Luis Moreno pero sin José Luis Moreno ni plató de televisión, es decir, sin ficciones, sin posibilidad de huir mediante el mando a distancia: la realidad persigue, acecha, y contra ella no queda más solución que soportar, resignados, su inevitable compañía. Su galería de horrores, de horrores horteras, cuya horquilla de posibilidades va desde la ropa interior de este color o del otro, una obscenidad hablar de tales temas, hasta una cadena interminable de mensajes cursis deseando lo mejor para lo que, en el mejor de los casos, seguirá más o menos igual: nada se inaugura, nada se renueva, nada cambia. Entre tanto, queda el cotillón, que no es más que una fiesta por obligación de fiesta, o sea, una felicidad impostada, programada, previsible, artificial, una felicidad por mandato, que es algo muy triste, muy pobre.

Es cierto que hay una Navidad de Arcadia, casi bucólica, de idilio, cultivada –sublime-, villancicos populares, enigma, pero esa es la de la epifanía, la del veinticuatro de diciembre, no ésta que ahora sucede. La Navidad de Año Nuevo no tiene adoración de los Magos de Velázquez ni obra renacentista y es, sin duda, la contraposición de todo aquello, es la Navidad de la pubertad, del territorio ya impuro, mancillado,  nada inocente, del tiempo del primer alcohol, de las primeras mañanas de recogida, mañanas inexpertas, en pandilla, colectivistas, indecisas: inmaduras dentro de la cercana madurez, un experimento que con los años traerá, más que nostalgias, bochornos. No es, no es, en absoluto, la Navidad del río de plata, la Navidad que contiene su filosofía y sus humanidades. Navidad no de familia, sino de individuos –agolpados en un guardarropa, en la cola de un baño, en la barra de una discoteca-;  Navidad del exceso, no de la fraternidad; Navidad de la juerga, no de la celebración.

La tragedia de mi vida –excuse la confesión personal- es la misma que la de María Isabel o la de Joselito: conocí sus éxitos –aquí digo placeres- en edad prematura. Conocí pronto la clave, el secreto que me era, hasta entonces, reservado. Hoy cuento mis Años Nuevos con los dedos de la mano, y voy justo de dedos. Del primero hace ya diez años –para Gil de Biedma siempre hacía veinte años de todo-. Aún me recuerdo en un local del extrarradio de mi ciudad natal, todo de mí obsceno, entregado a la efervescencia de anécdotas que dejaron buenos amigos y versos malos. Y de aquel 2007, llegarían otras noches, otros días últimos de diciembre, cada vez más escuetos y modestos, o quizá ya repetidos, y de ahí, de esa monotonía, el aburrimiento, y de ahí, el desistir, el ver que tampoco es para tanto: veintitantos y ya todo descubierto. Ya todo visto, probado.

Desde hace un par de años no salgo en Fin de Año, deserté. Encontré mayor placer, mayor gozo, en los paseos de mañana, bien temprano, del uno de enero; encontré el sosiego –lujo propio de caracteres sabios- y el equilibrio, la culminación del deseo, en el control de los instintos primeros. De este modo, tomo las uvas y a las doce y media en la cama, a alcanzar la plenitud de las opciones correctas, que siempre son las menos sexys. Me abandono a la negación de una noche que sólo es álbum de vulgaridades, de paisajes casposos. Cada 365 días lo tengo más claro: los ánimos de inclinación aristocrática –algo a lo que aspiro- no deberían celebrar el Fin de Año.

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