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En una ciudad tan corporativista y tan gregaria como Sevilla, la afinidad y la mimetización son los caminos más cómodos –directos- para el reconocimiento de nuestros paisanos –y para nuestros logros-. Aunque lo podríamos probar en numerosas disciplinas artísticas, lo suelo ver en la escritura: si quieres que te aplaudan –sobre todo en el Maestranza, pero también en el papel impreso- nada como escribir buscando la complicidad o el agrado de los demás, el estilo que otros trabajaron o las ideas inculcadas –tópicas- en el ideario colectivo de la sociedad sevillana. Cuando alguien lee sobre cofradías, lo que este quiere es que le cuenten lo ya conocido, o  aquello con lo que reserva un vínculo personal. El artículo, la crónica, la narración, no gustan por cómo estén trabajados, sino por el número de veces que nos adulen, que nos regalen los oídos con la estampa consabida. El resultado, evidencias, es una ristra de epígonos, una escritura como esculpida por Castillo Lastrucci, de discípulos tan aplicados como impersonales, que tan sólo provocan una imagen ya vista, un recuerdo manido en la memoria de los oyentes y de los lectores; recuerdo que, como todos, es en buena medida una ficción de la memoria, un espejismo de un tiempo pasado. De este modo, lo que estás contando no es sólo un pastiche anacrónico –que algunos confunden con el buen gusto- sino que es, además, mentira. Pero, sorpresa, eso es lo que se pide, eso es lo que se exige. Prefieren el falso cliché ya tantas veces conocido a algo que nos sepa original, renovado. Prefieren –qué conservadores, qué aburridos- lo mediocre conocido a lo bueno por conocer.

QUE LOS ÁRBOLES DE LOS BIENINTENCIONADOS NO NOS IMPIDAN VER EL BOSQUE

Sobre los ideales bienintencionados es conveniente evitarnos los valores, el asociar un valor a la idea, y preferir los contextos o la situación concreta respecto de esa idea. De no ser así, se suele incurrir en el integrismo, o en el sectarismo, o en el prejuicio. Es fácil: si yo creo que un ideal es bueno por su finalidad –sin más-, lo más probable es que no termine aceptando a quien discrepe de él como un contrario sino como un enemigo. Y es que a ese ideal tan depurado, cegador, absoluto, le habremos depositado una cualidad –virtuosa y necesaria, obvio- a su discurso. Un discurso que es, en principio, deseable, pero que no siempre tiene por qué darse dentro de los parámetros de esas expectativas que en él depositamos, pues de la idea a la ejecución de esa idea, a la realidad en la que se aplique, al modo en que se desarrolle, siempre habrá posibilidad de errores, o de decepciones. En palabras del ensayista Bo Winegard –traducción de Pablo de Lora-, en Revista de Libros: “Cuando se han ensayado teorías inspiradoras que malinterpretan o comprenden deficientemente la naturaleza humana, los resultados han sido invariablemente trágicos”.

A esa conclusión –¿a esa verdad?- sobre ideas y realidades se llega tarde o temprano. Lo que asombra es que personas adultas sigan insistentes, no sé si por comodidad o por ingenuidad, en esa asociación infantil y primaria: si mi ideal es bueno, la realidad en la que se desenvuelva, qué importan sus consecuencias, también lo será. En todos los horizontes ideológicos hay personas adultas -¿debo tirar la primera piedra?- que siguen confiando –con fe secularizada- en la innegable propiedad virtuosa de un ideal, pero de todas las opciones de la baraja del pensamiento político, durante las últimas semanas –meses, incluso- una idea domina el panorama del periodismo, de las redes, de buena parte de la sociedad: el feminismo.

Al feminismo, que es un propósito –una idea- deseable, le está sucediendo lo que a otros compañeros de utopías y de idearios bienintencionados –por otra  parte, como casi todos: es extraño que alguien secunde una idea que proponga el incordio o el fin detestable- les pasó a lo largo de la historia: piensan que su verdad es una –absoluta- y que el error es múltiple. No tienen en cuentan las variables de una circunstancia o de un contexto, tan sólo le atribuyen al ideal, un valor: el feminismo es bueno porque busca la igualdad entre hombres y mujeres. Y ahí no hay objeción alguna –de hecho, creo que no conozco a nadie mentalmente sano que discrepe de ese aserto-. Sin embargo, ocurre que la realidad es más compleja que la simple intención de una frase. Y de esta pueden derivarse hechos que pongan en duda la ejecución de una idea, aunque no la idea misma. Tal como escribió Guillermo Carnero en El Mundo, este pasado lunes.

Ese distinguir entre la conveniencia del desarrollo de una idea –en un contexto concreto- y denostar la idea misma –como entidad- es una asignatura pendiente entre algunos defensores del feminismo, quienes tantas veces confunden las intenciones de sus semejantes. Y es por lo de siempre: por dar un valor consustancial a esa idea, en lugar de un contexto, donde se determina ese ideal. El resultado de la confusión no puede ser más que otra confusión, que va de la censura en los museos a la nula capacidad de discernimiento entre vida y obra en Woody Allen –para colmo con ese carácter de sentirse justo, tomando las palabras de Job-. Y es que idealizar es una opción que merece toda prudencia: el idealista no es más que un cegado de una luz intensa a cuya ceguera, provocada por esa luz, le pone nombre de claridad.

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La sobremesa: momento preferido, y decisivo, de la reunión. Es ahí donde el día de descanso decide su destino: o bien el simple almuerzo o bien una concatenación de historias cuyo desenlace deja al apocalipsis en una junta de propietarios del vecindario de tu comunidad. También es en este capítulo de la quedada distendida donde surgen, en todo su esplendor, las buenas conversaciones. En la pasada Navidad cuento unas pocas, tanto de buenas conversaciones como de sobremesas –y de sobremesas que terminaron en algo similar a un cuadro de El Bosco-. En una de estas preguntaron que cuál es el carácter más típico de esta ciudad de Sevilla en relación con sus fiestas locales o con los personajes que en ellas participan. Yo lo tuve claro –y eso que aún estaba con la digestión y el sopor de la siesta-: hablar de alguien sin saber de ese alguien. En esta ciudad, en estos locus localistas en los que todos nos conocemos sin conocernos, es inevitable que nos hagamos una idea –sin tener ni idea- de tal o cual persona. A mí me ha sucedido, y en más de una ocasión, en ese espinoso paisaje que abarcan las cofradías y el periodismo –y no os cuento cuando ambos se unen-. Se hacen de mí, por lo que leen –o por lo que de oídas saben-, un retrato de mi personalidad, de mis gustos, de mi criterio, y de ahí elaboran su propio juicio. Luego los encuentras –tus habladores- en los bares, con ellos te cruzas en las esquinas –somos un pueblo grande, más aún en determinados ambientes localistas-, y miran con ese gesto tan silencioso pero tan incómodo y elocuente: sabes quién soy, yo sé quién eres. Y en ese aire que queda entre medio, una atmósfera de sospecha, que con frecuencia va pareja –nombrada- al desdén, o al comentario malicioso. O al retuit en tuiter.  En esta ciudad nunca se sabe.

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Lo encuentras en la junta de gobierno, en el grupo de guasap, en el RT de tuiter, en los artículos de la prensa local, en la familia –esto último si no tienes demasiada fortuna-. Hablamos del nostálgico, del nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera. El nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera es aquel que considera que “lo sublime”, que esas imágenes que invitan a decir “qué gusto tan exquisito”, siempre forman parte del pasado o “del ayer”. El nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera es partidario, o mejor, “amante”, de esos cielos que, según sus idealizaciones, van cambiando a un color más apagado en las tardes de los Viernes Santos, cuando todo queda como a él le gusta: sin demasiada bulla, “como era en otros tiempos”. Tiempos de los que no sabemos con exactitud cuándo, o dónde, si alguna vez aquello existió o es tan sólo consecuencia de su imaginación –un paseíto por fotos de otra época, para espantar tópicos-, de su interés por hacer de esta fiesta algo que tan sólo existe en su mente: ya puede ir Montserrat con una bulla de tres mil pares –la que suele llevar- por Castelar y por Molviedro que él dirá, cuando todo pase, que “qué íntimo aquello, qué cofradía más romántica”. Entre sus colegas lo llaman “el místico”, hasta hace cuatro años era “el rancio”. Y es que mucho pensar “en otros tiempos”, pero siempre la moda presente –eso es: presente-. Aunque lo que más disfruta –goza- el nostálgico hispalense es “la Sevilla oculta”, idea no de los líos de falda de conocidos dirigentes de las cofradías, sino de esos ritos que él apunta que están “perdidos”, que son “clásicos y desconocidos”, palabras que asocia a ese gusto por lo “sublime”. Y ya pudieron ser tiempos de carestía, de riadas, de guerras civiles, que eso no importa: nada como una buena nostalgia para recrear lo que queremos que suceda, y que nunca pasó. Ni pasará.

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Uno aspira a contar lectores, no apóstoles –esos los tengo a dos minutos de casa, en Los Terceros-, así que reconozco placer cuando alguien me demuestra su disenso, que es el principio de un hecho casi siempre conveniente: el debate. Y si tal discusión es con mala leche, también con sarcasmo, disfruto el doble: al argumento hay que sumarle el humor. Híbridas de disconformidad y de sarcasmo fueron las palabras de un amable lector ocasional en relación con la última venia, la cual deberán de haber olvidado –y hacen bien-. Me dijo así: “Todas grandísimas preocupaciones que nos quitan el sueño a los sevillanos. Vaya chuminá de la Carlota (provincia de Jaén) de artículo. Ah, y puestos a hablar del dinero que desapareció de las mayordomías, empecemos hablando de Montesión, y el famoso decreto de don Antonio Domínguez Valverde, que Dios lo tenga en su gloria”. Un agudo interlocutor apuntó, en generosa lección de geografía, que la Carlota nunca estuvo en Jaén sino en Córdoba; yo, bastante más previsible, comenté que para no preocupar nada el tema, y ser una chuminá, bien que entendía la materia. Tras la conversación, reflexioné sobre un entrañable personaje cofradiero: el capillita que trata con sorna –incluso vergüenza propia- asuntos capillitas. Este ser es alguien que tiende a la distancia respecto de las cofradías pero que suele, extraño fenómeno digno de análisis freudiano, conocer toda la trama del drama. En él convergen el rechazo y la aceptación de la afiliación cofradiera: “Oye, ¿te has enterado de lo de Antonio Santiago? –Mucha tela, yo por eso cada día paso más de ese mundo…”. Desconozco qué ha pasado en Montesión, nada sé del “famoso decreto” de don Antonio Domínguez Valverde, y menos aún si Dios lo tiene en su gloria. Por ahora me quedo con este común individuo –él se cree especial, lo que le añade comicidad-. Si digo que está en misa y repicando, me temo que estoy en lo cierto.