COPE

Lo encuentras en la junta de gobierno, en el grupo de guasap, en el RT de tuiter, en los artículos de la prensa local, en la familia –esto último si no tienes demasiada fortuna-. Hablamos del nostálgico, del nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera. El nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera es aquel que considera que “lo sublime”, que esas imágenes que invitan a decir “qué gusto tan exquisito”, siempre forman parte del pasado o “del ayer”. El nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera es partidario, o mejor, “amante”, de esos cielos que, según sus idealizaciones, van cambiando a un color más apagado en las tardes de los Viernes Santos, cuando todo queda como a él le gusta: sin demasiada bulla, “como era en otros tiempos”. Tiempos de los que no sabemos con exactitud cuándo, o dónde, si alguna vez aquello existió o es tan sólo consecuencia de su imaginación –un paseíto por fotos de otra época, para espantar tópicos-, de su interés por hacer de esta fiesta algo que tan sólo existe en su mente: ya puede ir Montserrat con una bulla de tres mil pares –la que suele llevar- por Castelar y por Molviedro que él dirá, cuando todo pase, que “qué íntimo aquello, qué cofradía más romántica”. Entre sus colegas lo llaman “el místico”, hasta hace cuatro años era “el rancio”. Y es que mucho pensar “en otros tiempos”, pero siempre la moda presente –eso es: presente-. Aunque lo que más disfruta –goza- el nostálgico hispalense es “la Sevilla oculta”, idea no de los líos de falda de conocidos dirigentes de las cofradías, sino de esos ritos que él apunta que están “perdidos”, que son “clásicos y desconocidos”, palabras que asocia a ese gusto por lo “sublime”. Y ya pudieron ser tiempos de carestía, de riadas, de guerras civiles, que eso no importa: nada como una buena nostalgia para recrear lo que queremos que suceda, y que nunca pasó. Ni pasará.

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