COPE

La sobremesa: momento preferido, y decisivo, de la reunión. Es ahí donde el día de descanso decide su destino: o bien el simple almuerzo o bien una concatenación de historias cuyo desenlace deja al apocalipsis en una junta de propietarios del vecindario de tu comunidad. También es en este capítulo de la quedada distendida donde surgen, en todo su esplendor, las buenas conversaciones. En la pasada Navidad cuento unas pocas, tanto de buenas conversaciones como de sobremesas –y de sobremesas que terminaron en algo similar a un cuadro de El Bosco-. En una de estas preguntaron que cuál es el carácter más típico de esta ciudad de Sevilla en relación con sus fiestas locales o con los personajes que en ellas participan. Yo lo tuve claro –y eso que aún estaba con la digestión y el sopor de la siesta-: hablar de alguien sin saber de ese alguien. En esta ciudad, en estos locus localistas en los que todos nos conocemos sin conocernos, es inevitable que nos hagamos una idea –sin tener ni idea- de tal o cual persona. A mí me ha sucedido, y en más de una ocasión, en ese espinoso paisaje que abarcan las cofradías y el periodismo –y no os cuento cuando ambos se unen-. Se hacen de mí, por lo que leen –o por lo que de oídas saben-, un retrato de mi personalidad, de mis gustos, de mi criterio, y de ahí elaboran su propio juicio. Luego los encuentras –tus habladores- en los bares, con ellos te cruzas en las esquinas –somos un pueblo grande, más aún en determinados ambientes localistas-, y miran con ese gesto tan silencioso pero tan incómodo y elocuente: sabes quién soy, yo sé quién eres. Y en ese aire que queda entre medio, una atmósfera de sospecha, que con frecuencia va pareja –nombrada- al desdén, o al comentario malicioso. O al retuit en tuiter.  En esta ciudad nunca se sabe.

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