COPE

En una ciudad tan corporativista y tan gregaria como Sevilla, la afinidad y la mimetización son los caminos más cómodos –directos- para el reconocimiento de nuestros paisanos –y para nuestros logros-. Aunque lo podríamos probar en numerosas disciplinas artísticas, lo suelo ver en la escritura: si quieres que te aplaudan –sobre todo en el Maestranza, pero también en el papel impreso- nada como escribir buscando la complicidad o el agrado de los demás, el estilo que otros trabajaron o las ideas inculcadas –tópicas- en el ideario colectivo de la sociedad sevillana. Cuando alguien lee sobre cofradías, lo que este quiere es que le cuenten lo ya conocido, o  aquello con lo que reserva un vínculo personal. El artículo, la crónica, la narración, no gustan por cómo estén trabajados, sino por el número de veces que nos adulen, que nos regalen los oídos con la estampa consabida. El resultado, evidencias, es una ristra de epígonos, una escritura como esculpida por Castillo Lastrucci, de discípulos tan aplicados como impersonales, que tan sólo provocan una imagen ya vista, un recuerdo manido en la memoria de los oyentes y de los lectores; recuerdo que, como todos, es en buena medida una ficción de la memoria, un espejismo de un tiempo pasado. De este modo, lo que estás contando no es sólo un pastiche anacrónico –que algunos confunden con el buen gusto- sino que es, además, mentira. Pero, sorpresa, eso es lo que se pide, eso es lo que se exige. Prefieren el falso cliché ya tantas veces conocido a algo que nos sepa original, renovado. Prefieren –qué conservadores, qué aburridos- lo mediocre conocido a lo bueno por conocer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *