LA VIRGEN DE LA AMARGURA Y LOS DÍAS DE NOVIEMBRE

Dos conceptos, al menos de primera impresión, antagónicos: la austeridad y el absoluto. Pasa cada mes de noviembre, cuando las luces de las tardes últimas del otoño apagan sus vibraciones, sus intensidades, sus gravedades, y queda la parroquia sola. Y sola está la Virgen en el presbiterio. Con la ropa humilde, y los ojos de vacío, como pesando, conteniendo, del modo en que estos soles del otoño también contienen esa potencia de melancolía apunto de la eclosión: síntesis del tiempo y del espacio, de la Imagen y de la imagen. Ahí está: la Virgen de la Amargura en sus horas previas al besamanos. Ahí está, de sencillez toda, sin más atributo que la tela, desprendida de la geometría, del color, de la abundancia; desprendida también de los claros reflejos de la plata, del adorno efímero, de la laboriosidad del artificio –natural artificio- de la priostía, de la ofrenda de las flores. La Virgen, desprovista de todo aquello -¿lo accesorio?-. Sea cual sea el caso, ahí es el retrato austero, incluso de incógnita, de pregunta, que recuerda a Rembrandt, o al Zóbel de la abstracción, la Imagen que evoca la cadencia pausada del metro petrarquista, la convulsa serenidad de un Juan Ramón, de un Eliot, de un Yeats. Y así, del mismo modo, desde ese concepto de la austeridad, el absoluto.

En aquellos ya lejanos días de noviembre en que la Virgen levanta su afirmación de belleza, siempre se da la contradicción: apenas nada material, todo paupérrimo y escueto, y es, sin embargo, donde ahí queda todo lo sublime. Donde queda el absoluto. En estas edades en las que la posmodernidad y las secuelas de la filosofía de la sospecha –Marx, Nietzsche, Freud- han derribado cualquier posibilidad de idea categórica, de verdad, de ausencia de relativismo, la Amargura es más que una Imagen: es la convicción de que aún sobrevive el ideal del canon, de las jerarquías, de los estadios superiores; la convicción de que aún hay ideas totales, y por tanto esperanzas: el nihilismo que impregna el discurso de la sociedad moderna encuentra aquí su oposición.

Desde la estética de la humildad a la ética del absoluto; desde la posibilidad de la pobreza material a la riqueza del ánimo, del espíritu. Lo enseñó hace más de dos mil años un hombre hijo de un carpintero en Belén, y lo recuerda, cada mes de noviembre, esta mirada casi vencida pero elevada, tan contenida pero tan torrencial, tan introspectiva pero tan común y universal, que la Amargura nos deja cuando sola está, sin más compañía que su nombre, que su mano, a la que ya acuden las familias, las amistades, la parte del pueblo, como acudirán cuando suene la música en las naves interiores y calurosas de San Juan de la Palma, y esta misma Virgen esté en el límite del dintel, como ahora lo está en el límite del presbiterio. Un límite que es el  infinito, un límite que es el todo que siempre alcanza.

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