LE ENSEÑÉ LA SEMANA SANTA A UN GUIRI Y FUE EL GUIRI QUIEN ME LA ENSEÑÓ

De esto que vas con el guiri, de esto que vienes con el guiri, doce horas de calle, bulla, tapones, venga nazarenos, y venga nazarenos, sudor, pies hinchados. Esta fiesta es muy barata pero cansa mucho, le digo, mientras gotea la pringue de la hamburguesa sobre los castellanos y me mira con esa expresión de Buen Ladrón de La Carretería –mi guiri lleva idéntica tortura en ese cuerpo tan blanco nuclear-. Y es que empezamos prontito, en los barrios, para así ir tachando las primeras del día en las hojas del programa. Es un truquillo, le comento, a eso de las seis y algo ya nos habremos visto la mitad de lo que ves ahí –asiente de un modo que no sé qué quiere decir: si resignación o asombro-. Cogemos el metro, la línea del metro, bajamos las escaleras, picamos, y ya el guiri empieza a tomar fotos con su móvil, a observar –sorprendido- la estación. Venga, vamos, corre, que está ahí, ¿qué haces mirando esto –suelto una risa moderada en busca de la complicidad, aunque realmente no podía creer que se parara en una estación de metro que no tiene más de diez años-? Es que está muy limpia, mejor, como él me dice: es… está… limpia… -gesto de frotar lámpara del genio-. Luego lo pensé, mientras esperábamos el metro, y es cierto: en comparación con el de su ciudad –grafitis, ratas-, este metro le parecerá algo así como la Antártida o una maravilla del mundo antiguo.

Llegamos a nuestro destino. Este barrio se llama El Cerro del Águila, le digo, con esa soberbia paternalista que de repente nos da al traer a alguien de fuera, a alguien que desconoce esta ciudad o que desconoce cualquier cosa, a secas. –Gesto de manos aladas, abiertas-. Sí, del Águila, le respondo. Me pregunta, inquieto, que por qué del águila. En ese momento titubeo –cómo reconocer que no sé algo- y cuando voy a soltar la excusa para salir del paso, se ve, a lo lejos, ese paso. Ahí los aplausos, ahí los primeros tambores, ahí una cruz que cimbrea. Me señala con el dedo, y los ojos como los del globo de Piolín, esos que venden los gitanos en los cruces de tráfico que corta la policía. Ahí está el primero, ya vas a ver tu primer paso, a ver si te gusta, le digo, como si en lugar de guiri fuese un niño de cinco años, o tonto –también hay veces en las que le hablo como si fuera sordo-. Justo cuando el paso discurre delante de nosotros, vuelve a sacar el móvil, desbloqueo, cámara –para Instagram, me dice, acercándose a mi oído-. Pasa la banda y empieza a mover la cabeza y parte de la cadera –le sonrío, aunque con ganas de que pare ya que me está empezando a dar algo de vergüenza ajena-. Miro a mi izquierda y una señora vestida con bata veraniega de estampados de flores y sentada en una silla de playa me devuelve la mirada con gesto de complicidad. Esto es lo que hay, miarma, me dice. Pienso en que es por mi invitado, que en realidad es un compromiso –encasquetado- de mi hermano, cuando de pronto añade: esto es lo que hay, así es el poderío del Cerro el Martes Santo –sonrisa, ladeo de cabeza, cruce de brazos, y sigue a otra cosa-.

De vuelta al centro, me lo llevo a San Esteban, y de ahí a Los Javieres, y de ahí a Los Estudiantes, y luego a San Benito, y luego a Santa Cruz, y luego a La Candelaria, y luego a La Bofetá. ¿La cara de ese Jesús por la calle Conde de Barajas? ¿Los cirios ya gastados y negros de fuego y de cera –esa imagen- del palio de la Virgen del Dulce Nombre? Pues así va este guiri mío de vuelta, con las manos en los bolsillos, tras explicarle quién bordó ese manto, quién talló esa canastilla, quién es el capataz –lo que me costó explicar, creo que sin éxito, qué es un capataz- de este paso. Así va, tras hablarle también –por si no tenía suficiente información- de que hasta el año pasado estas hermandades recorrían a la inversa la carrera oficial -¿la cuál?, me preguntó-, y que eso generó mucha polémica –no lo entiendo, me dijo, aunque no sé si no entendía lo que le decía o el por qué generó mucha polémica, o ambos-. Y ya en la ducha –¡mañana a las dos empezamos en San Bernardo!, le grité desde el baño-,  llegué a una conclusión, a una idea así un poco a pinceladas en la que nunca había caído: si no tienes una relación personal con las cofradías, si no hay ahí un apego, si las imágenes de este Cristo o de esta Virgen no traen la “memoria sentimental”, tanto la historia de siglos como el valor artístico y esas cosas no importan nada. O importan, pero no deja de ser algo pasajero, algo que te cuentan, que sí, y que poco más. Esta fiesta se articula sobre la experiencia de lo que se ha vivido durante años, y el resto –patrimonio, siglos- es tan sólo un adorno que viste a los manuales y a los libros, que entretiene a los extranjeros y a los visitantes, pero que es, aunque lo creamos relevante y principal, accesorio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *