ENTREVISTA A RAFAEL COBOS

Es curioso: idéntico el sonido, distintas las lejanías -tanto de tiempo como de espacio-. Y es que desde el escritorio apenas nos separan unos metros del sonido de las campanas de esa torre de La Peste: La Giralda. Sin embargo, cuando vemos La Peste, obra de Alberto Rodríguez y de Rafael Cobos, hay, de ese sonido, siglos de distancia.

Sin distancias, cercano, nos atiende el segundo, Rafael Cobos, guionista de la serie, para conversar sobre su trayectoria, el oficio y los seis episodios de una trama que a nadie ha dejado indiferente, que levanta filias y fobias, criterios, opiniones, discernimientos, y todos esos daños colaterales del éxito, del reconocimiento de un público, del aplauso de la crítica.

La Peste, para quien interese disponible en Movistar +, cuenta la historia de una ciudad, Sevilla, capital del mundo, en un tiempo en que se adivina la decadencia del imperio, decadencia moral y decadencia económica. Una pérdida de hegemonía cultural y política que se lleva élites, nombres, victorias, mitos y pueblo. Tanto Alberto Rodríguez como Rafael Cobos centran la atención en estos últimos, en la intrahistoria de una época vibrante e intensa de nuestro pasado. Es ahí: despojado de toda grandilocuencia histórica, donde ambos retratan la sociedad de aquellos siglos, entre el comercio de América, los tribunales de la Inquisición, el protestantismo y la picaresca –género tan propio, tan español-.

 

P: ¿Por qué fracasa un guion?

R: Estaría bien saberlo, claro, para no hacerlo nunca. Pues no sé, la verdad, lo cierto es que no tengo una respuesta clara. Hay tantas circunstancias por las que un guion puede fracasar… muchísimas. Principalmente, pueden ser cuestiones de realización, porque la realización no acompañe y otro tipo de circunstancias por el estilo. Pero ya digo, es muy difícil limitar una definición a tu pregunta. Supongo que siempre que haya un poquito de sentido común y no te pases por el forro una serie de normas básicas, el buen camino, que no el éxito, está más o menos asegurado.

 

P: Supongo que desde 7 vírgenes algo han aprendido. Crecido, quiero decir. Y me interesa el cómo de esa trayectoria.

R: Crecido y aprendido, supongo. Pero eso no sé si puedo decirlo yo. Lo que está claro es que 7 vírgenes es la primera película que se rueda, y hay ahí un ánimo de valentía, de hacer algo nuevo, de pensamiento más salvaje. Este atrevimiento –o ingenuidad-, quizá, luego no ha estado.

Aprender, pues bueno, siempre se aprende, de una forma u otra. Es inevitable, cuando lees un texto tuyo, ver lo que se puede mejorar, lo que no. En ese sentido, los años y la experiencia te dan un ejercicio de decantación que a su vez es un ejercicio proporcional de maduración y de espontaneidad, que es por ejemplo Grupo 7: un ejercicio de crecimiento un poco más sólido, más cribado, más sofisticado. Pero sin perder nuestro interés por hacer un poco de laboratorio, de experimento.

 

P:¿Por qué cuesta tanto, en los oficios relacionados con las artes, el reconocimiento del público? Llevan más de diez años de dedicación al cine –incluso con premios-, pero hasta ahora sus nombres han pasado algo desapercibidos en el cine español.

R: Pues, Gonzalo, discúlpame que te diga: no estoy para nada de acuerdo con la pregunta que me haces. A ver, en mi caso quizá sí, porque soy guionista, y el anonimato es una parte casi consustancial a nuestro oficio, estamos detrás, nuestro nombre se pierde un poco entre los créditos, formamos parte de un gran equipo profesional. Pero Alberto Rodríguez alcanzó el éxito con Grupo 7, fue muy reconocido por su trabajo, merecido reconocimiento. Piensa en los Goya, por ejemplo. Luego, pues 7 vírgenes estuvo bien de público y tuvo acogida entre la crítica. Así que eso: no estoy para nada de acuerdo con lo que dices (risas).

 

P: En todas sus películas, por cierto, hay un interés por lo marginal, entendido como “lo que está al margen”, aquello que no suena común o convencional dentro de una sociedad.

R: ¿Conoces al poeta Pablo García Casado? Tiene escrito un verso que dice todo lo importante ocurre en las afueras. Y es cierto, es así: todo lo que interesa sucede en las afueras, más allá de los límites convencionales. La sociedad y las personas las conocemos por lo periférico, por su propia periferia, en un amplio sentido, por lo que está más allá, lo que no se ve, también.  

 

P: Eso suele conectar con el público. No sé por qué, pero lo marginal o esos puntos de vistas “no oficiales” suelen vender.

R: Pues bueno, no lo sé, no sé por qué. Será que es un muy difícil hacer una historia creativa, un mensaje creativo desde esa convencionalidad que te digo. Quizá eso ya lo tenga cada uno en su casa y en su ámbito personal, por lo que no le atraiga conocer del resto, le aburra. Además, las historias tienen que buscar ese lado oculto de las cosas, de lo contrario podríamos estar hablando de propaganda. Esa es la idea que hemos tenido en La Peste, por ejemplo, airear un poco los tópicos de nuestra historia y hacer reflexionar al espectador.

 

 

P: ¿Qué determina que la acción de una película fluya con naturalidad? ¿Ahí está el logro del buen guionista?

R: Principalmente, una película funciona cuando los conflictos que en ella se dan también funcionan, cuando estos crecen de una forma progresiva. Ahí entra el guion, claro, que tiene que saber llevar unos personajes dentro de ese conflicto, dentro de esa trama, de esa sucesión de acontecimientos. Ahí, sí, claro, ahí está el logro de un buen guionista y de un buen guion.

 

P: ¿La interpretación de un actor influye en la calidad de un guion?

R: Por supuesto, siempre, claro. Los actores son los que dan la vida en las películas, son los que corporativizan esas ideas y se las hacen llegar a un espectador. Un mal casting, por ejemplo, te puede arruinar todo el trabajo de un equipo.

 

P: ¿Qué le ha parecido la interpretación de los actores de La Peste?

R: Pues a mí me ha gustado mucho, y los actores que intervienen en la serie tienen un pulso muy acertado. En esto Alberto Rodríguez sabe sacar el máximo partido. Y me parece que los resultados son más que reconocibles: ahí están los premios que tantos actores se han llevado.  Desde 7 vírgenes y más. Algo habrá cuando hay ese reconocimiento. Así que ya digo, en este caso, desde luego que me ha gustado la interpretación. No esperaba menos ni de ellos, los actores, ni del trabajo de Alberto Rodríguez.

 

P: Hay quien dice que no se les entendía, o que hablaban “muy bajito”.

R: Qué polémica más absurda. Una polémica en la que, además, si me permites, no quiero entrar. No voy a darle el mínimo de importancia, ni de interés. Dicen eso, que los actores susurran, que hay un problema de vocalización, de sonorización… Pues no: no estoy de acuerdo. En absoluto. Los actores me parecen maravillosos y esa polémica está bastante de más.

 

P: ¿Hay que sacrificar el rigor histórico en aras del espectador o de la propia trama?

R: Pues claro que sí, a veces sí, ¿por qué no? Lo que hacemos no tiene por qué ser desde lo veraz, desde el hecho histórico propiamente dicho. Pueden ser historias verosímiles, dentro de la misma ficción. Se puede tomar como base un tiempo histórico, pero adaptándolo a la historia que quieres contar. Mientras sea lógico, ¿qué problema hay? Respeto la documentación, la valoro, la trato, como la hemos tratado en la serie de La Peste, pero si, por cuestiones sin relativa importancia, tengo que saltarla, pues la salto, no hay problema. Me molesta, si vas por ahí, el ruido que ha generado esta serie respecto de esa crítica a que no hemos respetado la historia, que más que una crítica es una opinión oportunista y negativa que lo único que busca es echarnos tierra.

 

P: ¿Y cómo se equilibra el rigor histórico y el entretenimiento o la amenidad?

R: Bueno, como te decía, el principal objetivo que buscamos es hacer una ficción que entretenga, que el espectador la disfrute y encontrar, también, esa media entre el entretenimiento y ajustarnos a una época que desconocíamos. Aunque dando nuestro particular punto de vista. Es evidente, en la serie de La Peste hay una declaración total de intenciones, es innegable. Pero siempre hay historia rigurosa, aunque desde nuestro punto de vista, subjetivo, siempre subjetivo, nuestro. Ahí está el riesgo, por otra parte. Y yo prefiero lo arriesgado, preferimos lo arriesgado. No sé si acertado o no, pero siempre arriesgado.

 

P: ¿Se suelen volcar las aspiraciones o frustraciones propias –o de una sociedad tal- en los personajes históricos, cuando se tratan temas pasados?

 

R: Puede ser. Pero en mi caso, te digo: yo no lo hago. Aunque bueno, algo siempre se vuelca, y la condición humana es la que es, eso no cambia, se reflejan pasiones, vanidades, decepciones, traiciones. Todos hemos vivido algo de eso, y de ahí, bueno, pues algo se vuelca. Pero no es mi intención proyectar los grandes problemas de nuestro tiempo en una serie de un tiempo distinto. Intentamos proyectar conflictos universales, dados en cualquier época. En La Peste hablamos de géneros, de la persecución a los distintos, de la corrupción y de la propia condición humana, con ese juego de significado entre la peste como la enfermedad que sucedió en un tiempo concreto y la peste como la corrupción moral de las personas. Pero eso, te digo, ha sucedido siempre.

 

P: No sé, me acuerdo del personaje de la pintora, que es mujer y excelente –inteligencia, ecuanimidad, exquisitos modales-, pero está condicionada por las circunstancias de su tiempo y no puede ejercer ni administrar su oficio –tampoco ser considerada entre los suyos-. Ahí hay una vindicación feminista, pero también, quizá, se esté encorsetando demasiado a un personaje, predeterminándolo a una conducta. El papel, aunque de buena y necesaria intención, resulta muy previsible. Y es por lo que hablábamos, por tratar de ofrecer un mensaje a la sociedad actual desde una sociedad pasada.

R: A ver, es que la mujer, en aquel tiempo, solo existía por referencia masculina y era una mujer vinculada a Dios y a un hombre. O a un chulo, si esa mujer era prostituta. Mira, había un dicho popular que decía ni espada rota ni mujer que no trota. La mujer era un mero objeto sin mayor importancia, un utensilio cualquiera. No era una persona libre ni de ejercicio ni de conciencia. No se da un mensaje, se trata simplemente de contar la realidad de una época.

 

P: Algo así sucede con el obispo –o arzobispo-. En este caso, para mal: manipulador, codicioso, soberbio. Contrario a muchos de los valores que, en principio, defiende su institución, la Iglesia.

R: La Inquisición fue lo que fue. La Inquisición fue una gran hija de la gran puta. Pero no hemos querido, y en la serie está, plantear a un personaje tan estereotipado. Tan básico. De hecho, es un hombre que perdona, y que busca la cultura, pero siempre respetando los criterios de su propia doctrina. Ese es su conflicto. Ya como cada uno lo quiera ver. Es verdad que la quema de herejes y el intento de purgar a los diferentes caracteriza, son elementos que caracterizan a un personaje, pero teniendo siempre presente que era alguien preocupado por la reforma –o por la contrarreforma, mejor dicho-, que creía hacer lo correcto. Piensa que el catolicismo estaba al servicio de la Corona, quien se adscribe, del mismo modo, al catolicismo. Las normas de su tiempo veían correcta la conducta del obispo. Ese matiz es importante. Y en cualquier caso, hay hechos evidentes –los que te cuento- que deben marcar la naturaleza del personaje.

 

P: Y otra cuestión que me da vueltas en la cabeza: ¿por qué idealizamos lo pasado?

R: Pues probablemente sea una condición de la persona: es mucho más fácil manejar la nostalgia, el pasado, la puedes moldear a tu gusto. En ese sentido, los sevillanos somos muy de lo que fuimos, de ese mito de la Nueva Roma que iba a cambiar el mundo, un mundo que dependía económicamente de la Sevilla de aquel tiempo. Nos vemos reflejados en ese espejo, nos interesa vernos, y de ahí la idealización. Por otra parte, yo creo que eso nos ha marcado genéticamente, a los sevillanos, con un punto de orgullo arrogante.

 

P: ¿Conocemos nuestro pasado? Hablo de nuestra historia general, colectiva.

R: Si la conociéramos en profundidad, no cometeríamos los errores que cometemos. Tendrías otra capacidad de reacción ante los acontecimientos que nos ocurren.

 

P: En Sevilla, ciudad donde se desarrolla la trama de  La Peste, se tiende a esa idealización. Hablas de esos siglos del imperio, donde “fuimos la Nueva Roma de su tiempo”, y parece que aquello era algo así como el paraíso.  

R: La Peste, en resumidas cuentas, viene a contar que el paraíso o la posibilidad del dorado -o la posibilidad de cruzar el océano- convivía con la miseria, con la calamidad, con la falta de salubridad, con la corrupción. Viene a desmitificar ese lugar común. Una frase: frente al florentino extranjero o al genovés que comerciaba, había un cinturón de pobreza en los arrabales extramuros de la ciudad. Esa dicotomía es la que nos interesa.

 

P: Pero, aunque era evidente que había corrupción y decadencia moral, ¿eso es motivo para negar o no creer en los logros históricos de aquellos siglos?

R: En absoluto, para nada. Si de La Peste se deduce esa tesis, o algo así se ha desprendido de ella, o no hemos logrado el fin o no se ha entendido nuestra intención. Hay que reconocer determinados méritos que tenemos, nuestro objetivo, que quede claro, era subrayar otras realidades que existían y que son tan responsables como la otra.

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