DISCURSO A LA BANDA DEL MAESTRO TEJERA

Atriles sevillanos, peligro: mucho ripio y poca ganancia. Pero aun así me atrevo, que los atrevimientos son errores de juventud, a salir a este atril de Cajasol, petición de mi querido Pedro Domínguez, quien me dice ven y naturalmente lo dejo todo. O todo menos la palabra, claro. La que es necesaria para venir hoy a depositarme en este tiempo vuestro de ahora; un tiempo que es, a su vez, el mío. La Semana Santa no es más que eso: la fiesta de ese tiempo compartido, o mejor, la del tiempo compartido entre aquellos que no conocemos: nos damos –os dais, Banda del Maestro Tejera- a personas que no sabemos cómo se llaman, cuál es su nombre, de dónde vinieron, adónde van -¿a ver El Cristo de la Salud por la calle Ancha?, ¿a la avenida de La Soleá a por el Polígono?-, cuáles son sus complejos, o sus preocupaciones, o sus alegrías, su familia, su carencias emocionales, su pasado. Nos cruzamos, cuántos ojos, cuántos gestos que se olvidan, con las multitudes de la bulla, con los tapones de las esquinas de las calles breves de espacio, con la pareja en la bronca –este carrito aquí no cabe, me está usted pisando, por aquí no pasa nadie más- o con la pandilla imberbe, con algo de tribu y de hormona revolucionada e intensa.

Yo no sé si la habéis contado, músicos que formáis parte de la Banda del Maestro Tejera, no sé si contáis esa bulla con la que os topáis a cada lado. Debo de suponer que no, que demasiado que toca que toca con esta marcha, con el que quiere cruzar, con el que no se sube a la acera, con el qué cansancio y qué agotamiento. Pero pensadlo, pensad cuántas personas os han visto, cuántas personas recuerdan, al tarareo, la música que vosotros, después de tantos años, trabajáis en las calles, o en la plaza, pasodoble de Domingo de Resurrección. Pensad en todos ellos, en todo lo que habéis dado durante tantos años. Pensadlo, y ahí tendréis una respuesta, y ahí tendréis una de las virtudes de esta fiesta tan personal, tan poliédrica, tan inmensa y tan extraña: dar a los otros. Aunque esos otros sean, pues eso, una indefinición, un nadie a quien no le ponemos nombre, una masa abstracta y clara de incógnitas.

“Yo sé quién soy”, escribe Cervantes, vecino –y casi inquilino- de esta sala, en el Quijote. Cervantes, con esa frase, nos inculcó en un infinito de posibles interpretaciones, interpretaciones que pasan por la conciencia individual y por la idea del hombre moderno, con identidad y pensamiento, capacidad de discernir, propio. Yo también sé quién soy, Banda del Maestro Tejera, y sé quién soy en esta ciudad al escuchar la música de esos instrumentos que hoy tenéis entre las manos. Yo sé quién soy porque esos sones, esas partituras que cada tarde suenan, son las que definen y limitan mi –o nuestras- personalidad, que está hecha de recuerdos, de memorias y de pasados. Yo sé quién soy al prestar atención, poner oído, a las composiciones que podría tararear ahora mismo. Sonidos que son evocaciones, sugerencias, traslaciones, idiomas, espejos en los que, obviedad, me veo reflejado. Un espejo al que le pongo, aunque no sea necesario, el nombre de Amarguras, de Ione, de Margot, de Soleá dame la mano, de Jesús de las Penas. Y sin incurrir en sentimentalismos, cuya pena es el floripondio verbal, tan cursi y tan empalagoso, algo de torrija y algo de pestiño –en todos los sentidos-. Sentimentalismo que es apología de la vivencia, y del discurso soporífero y del romance de taladro emocional, que es una variante del romance de la tradición hispánica, pero cuyos octosílabos –el ritmo, los acentos, la versificación- están más apretados que los nazarenos de La Macarena en la Campana y cuya dicción es mitad de bronca de hermano impertinente en el cabildo de incidencias de la cofradía y mitad de sobrepasada afectación en la saeta mal entonada.

Resumimos: queda clara la propuesta, el propósito, Banda del Maestro Tejera. Esto no es sólo un premio, es también una deuda pendiente. Deuda de tanto oficio, de tanto genio, de tanta entrega dada, ofrecida, a quien es probable que ni siquiera sepáis quién es, aunque ellos sí sepan, cuando cae la tarde del Lunes Santo e interpretáis los primeros acordes, quiénes son. Y gracias a vosotros.

Enhorabuena.

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