COPE

Abunda en nuestro microcosmos capillita –y todo lo que abunda, cansa- la persona que va a la bulla, a la aglomeración, a buscar gresca, pelea, conflicto. Es personaje novedoso, reciente, sin demasiada proyección en nuestra historia local –como casi todo lo cofradiero, por otra parte, que esto es cosa, sacrifiquemos idólatras y mitómanos, de no tanto-. Este personaje que hoy traemos es aquel que se irrita con facilidad en todo lo relacionado con las conductas más o menos incívicas de sus conciudadanos, conductas que pasan por pedir permiso entre una plebe -¿puedo pasar?- o perder el equilibrio –y por tanto el breve roce, acaso leve empujón- en medio de una masa humana taponada. Gestos sin duda intolerables. Cuando así ocurre, nuestro personaje, susceptible, entona su monólogo de buenas maneras –pero con notable enfado-: “es que no puede ser”, “es que ya no respetan nada”, “es que, vamos, que no se puede pasar”, “¡cómo es la gente!” y demás letanías a nuestra señora del desconsuelo victimista. A este personaje, parece, le cuesta asimilar que la fiesta es un conjunto de gente en la calle y que, así, tiene que compaginar convivencia y paciencia, o tolerancia y empatía, con el resto. Pero no: se prefiere el clamar –pregonar- al aire, a esa bulla, por la nimiedad y la circunstancia irrelevante. Un gesto susceptible que no busca el reproche al otro, sino la autocomplacencia –esto es lo más bochornoso-. Sentirse por encima, y satisfecho de uno mismo. Digamos que su buena educación pasa por ahí: por un egoísmo exquisito.

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