COPE

Suele ser oficio común entre los escritores de estilo atorrijado –escritura esponjosa y melosa, texto dulzón-: citar autores que más que aportar algo interesante a lo que se escribe, tan sólo son un adorno, un pinturero abalorio para la bonitura y el floripondio verbal. El registro es –como casi todo en los escritores torrija- limitado, y su nómina no pasa de Bécquer, de Machado, de Cernuda y de poco más –a quienes por supuesto han leído de oídas-. El escritor torrija los toma, los incluye en su pasaje lírico y cofradiero –como si las cofradías, a esos autores, les hubiesen importado lo más mínimo- y empieza a mezclar el simbolismo becqueriano con la nostalgia propia y el ripio casposo. Dicen que el sentido de su ejercicio es reivindicar autores pasados, pero lo cierto es que tan sólo se reivindican ellos: su apropiación –descontextualización- de la obra ajena no es un homenaje, sino un modo de justificar que ellos son “cultos”. Así, hablan de donde habite el olvido y de como quien espera el alba con una imagen de la Macarena por la calle Escoberos; o te hablan del estos días azules y este sol de la infancia y te lo llevan a un Domingo de Ramos por la mañana, Domingo de Ramos donde puede llover, y donde no hay sol de la infancia por ningún sitio, sino botellona del Yona, padres abnegados con carros, bares imposibles de conversación y niñas de quince años con sus primeros tacones agarradas las unas a las otras –quilla, espérame-. El escritor torrija habita en el olvido de estos pequeños detalles, que son los que hacen la Semana Santa de hoy, pero que no le sirven para el aplauso fácil y para la ingenua admiración infantil de sus paisanos.

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