ESTO EN ALEMANIA NO PASABA

En cuanto en la tele salta un caso de corrupción, en cuanto alguien lee una chapuza burocrática, política o de cualquier gestión institucional, suele ser comentario previsible: ¡anda que igualito en Alemania, o en Francia, o en Noruega -o en cualquier país cercano del que tenemos una imagen un tanto idealizada-! Estoy convencido de que la historia se habrá vivido, ya sea en el corrillo de la empresa o en la conversación ajena, metro, sala de espera del hospital, cola del supermercado. A estos países les suponemos un principio de absoluta eficacia que, por otra parte, nosotros nos negamos. Con temperamento de pobrecitos nosotros, ricos ellos; nivel de vida humilde nosotros, sueldos de ejecutivos y trabajo regalado ellos; impuestos asfixiantes y educación pésima nosotros, calles limpias y parques y edificios –monumentos- cuidados ellos. Para Europa el civismo y para nosotros la barbarie. Es una de las tantas ideas que circulan en el esquema mental que los españoles tenemos de nuestro país: la de la patria inútil, o irremediablemente visceral, o incluso irracional –devoción, supersticiones, exotismo-, o castiza; la nación destinada al fracaso, cuartos de final, el olor a ajo, el presidente del Gobierno que no tiene ni papa de inglés en una convención con dirigentes siempre resolutivos, firmes, casi héroes históricos –o santos- de esos que aparecen en las pinturas de los museos y se suben a los pedestales de piedra de las plazas públicas.

A mí este concepto tan recurrente, y por tantos apuntado, sobre el carácter de lo español, me recuerda a otra idea más o menos consensuada,  también previsible, general: la de que la cultura amansa las fieras. Sí: la de que la cultura es un lugar donde sólo se puede esperar almas nobles, cándidas, bondadosas, generosas, sublimes. Sobre esa idea, además, tratan de construir, para colmo de pelmas exquisitos, otras tantas: la telebasura es un mal ejemplo para la sociedad, la película siempre será mucho peor que el libro. Comentarios de personas que, por otra parte, no suelen abrir demasiados libros, ni acudir a teatros, ni visitar exposiciones, ni convivir, en fin, con eso que hemos terminado por llamar cultura. Si así fuera, me temo, si esas personas hubiesen acudido a una tertulia con poetas, a una pandilla –clanes, incluso- de escritores, a la redacción de una sección de Cultura, a una galería de arte, a la propia historia del arte, a un concierto de música, no sé, renacentista o alternativa –esas cosas-, se darían cuenta de que lo que dicen es tan sólo una manida versión idealizada de un término sobrestimado por gente que no lo ha visto ni de lejos –como todo lo que se valora más de lo debido-.

Y por esos derroteros circula esa noción de la España trágica y zafia  frente a la Europa magistral e intelectualmente adelantada. Como si la globalización no hubiese existido en el mundo. Como si aún viviéramos en esa Castilla melancólica y subdesarrollada –tragedia- del 98, de Unamuno, de Ortega. Como si, no sé con qué suerte o drama, cualquier calle del centro de casi cualquier capital de España no se pareciera a muchas calles de otros tantos sitios de más allá de Cataluña. Como si, en fin, la torpeza, la necedad, la chapuza fuesen patrimonio de un país y no condición de cualquier individuo. Pero, claro, esto se conoce cuando se ha viajado, cuando se ha trasteado, cuando se ha pateado lo que hablamos. Y es curioso: quien dice “esto en Alemania no pasaba” -y expresiones de ese tipo- pretende apuntar una falta de educación o de civismo de nuestro país en relación con aquellos países ejemplo de “buen hacer”. Pero el resultado es otro, pues al ser hoy en día –aunque su cabeza llena de tópicos y de imágenes preconcebidas no haya llegado a esa conclusión- sociedades más próximas de lo que se supone, se vuelve a insistir en una distancia que no es tal. Se describe algo que no existe, y así se vuelve a recrear. Insistiendo en el cliché. Fomentando la carencia que se denuncia.

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Ajena al soniquete de la Sevilla de gala cofradiera-endogámica, a las crónicas de pregones que son retratos tópicos de ideas cursis –de serie, relamidas, planas, atorrijadas- de una fiesta heterogénea y poliédrica; ajena al monólogo de la columna viral, tan pobre en su reflexión como incendiaria, panfletaria, en el tono –éxito de masas asegurado-; ajena, en fin, a tantas nimiedades –de gente que se cree algo- que constituyen el acervo, diremos ecosistema, de la Semana Santa. Así viene Rocío Plaza, investigadora sin vanidad académica –a ella la leen-, erudita sin pelmazo, excelencia de cosecha propia, tan discreta, elegante e inteligente; así viene con su último libro “Los orígenes modernos de la Semana Santa de Sevilla”, editado en El Paseo, que es decir querido David González. Del ejemplar, aquí en la mesa, podríamos citar multitud de capítulos –hay algo de novela, de relato-, pero nos quedamos con una de las ideas principales, extraída de aquellos: vivimos en la mejor Semana Santa de cuantas hemos conocido. No hay más que comparar los conflictos que antes sucedían con los de ahora; no hay más que cotejar, entre otras tantas circunstancias, lo institucionalmente asentadas que están las cofradías en la sociedad sevillana de hoy en comparación con la de aquellos años, el público que convocan, los medios que las atienden, la gente que, incluso, vive de ellas –cofradías sinónimo de mercado-. Así que si alguien, charlita distendida, pescao frito, casa hermandad, os viene con la matraca de que esto no tiene solución, de que esto ha tomado un rumbo que no veas, regaladle el libro de Rocío Plaza. Para que aquella persona comprenda –algo casi siempre saludable- la realidad de la fiesta que vive; para que aquella persona entienda que su crítica, más que análisis de un hecho, es toma prestada de cliché, demostración de entrañable ignorancia.

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En un asunto difieren tanto el conservador capillita como el indie cofrade: el modo de entender la religiosidad popular. Mientras en el primero ubicamos rechazo de aquello que suena a folclore, cultura popular -casi todo lo que salga del credo oficialista es culto a la sospecha-, en el segundo atisbamos aprobación –y defensa de dogma alternativo- de que esto de la Semana Santa es un “hecho social total”, la sabida definición de Isidoro Moreno, a quien toman por predicador, por profeta, por apóstol de su idea underground de las confesiones locales. El pasado viernes, en la charla, en ese diremos clásico ejercicio de la mesa redonda de la casa hermandad, escuché a quien decía que “todo esto” –hablaba de que cada vez hay más gente en el tramo y menos en el banco de la iglesia- empezó cuando algunos –no especificó quiénes- vieron con buenos ojos lo de “las cofradías se pueden entender desde otros puntos de vista”. Yo intuyo, sin entrar en ese previsible género del indie cofrade, que claro que se puede entender la Semana Santa “desde otros puntos de vista”, como se puede disfrutar de la mezquita Azul de Estambul sin ser musulmán o de un poema renacentista sin haber conocido destierro en Nápoles. Es más: veo conveniente el hecho de que la Semana Santa sea “también” esos “otros puntos de vista”: el ensayo, la pintura, la escritura, la estética. Al igual que esos “otros puntos de vista”  formen parte de “la religiosidad”, pues también la constituyen. De no ser así, de obviar “esos puntos de vista”, nos veremos simples, básicos, superficiales; es decir, como nos ven los amigos que discuten nuestras creencias. Unas creencias que, de un modo algo torpe e integrista, tantos dicen –presumen- defender.

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Edad en la que nada más cómico –irrisorio- que estar serio –amargado-, pues ya se han abandonado del melodrama, de la preocupación accesoria –incluso de las principales-, de esas cosas insustanciales que a nosotros –jóvenes e ingenuos- nos aprietan la existencia pero que nada importan, que son todo prescindibles. Eso lo saben ellas, tan sabias, evidente, que tanto han pasado y de tanto han salido: la necesidad, la España adversa, la familia numerosa, el amor de siempre, ese al que hoy tanto echan en falta en este besamanos de su Virgen –ay, suspira, al ver la Imagen, que ahí está él, que no se ha ido, que está con el vestidor, a las tantas de la mañana-. Yo las veo sentadas en la mesa petitoria, que es una cosa con muchas medallas, muchas estampitas y muchas monedas. Las veo en grupito, compartiendo confidencias y bromas pícaras, discretas e inocentes, presumiendo de yerno, que es no sé qué en inglés –una cosa mú rara- allí en Madrid, y que tiene sucursales –niña, sucursales- por no sé qué sitios de medio mundo. Con algo de María Teresa Campos, con algo de Clara Campoamor, van las señoras de las cofradías en esta mesa petitoria que no es tan petitoria como camilla: ellas están como en casa. De hecho, lo más probable es que esta hermandad sea más propiedad que todas las cosas suyas con papeles y con notarios. Esas que levantaron, qué de fatiguitas, a base de ingenio y de dolores de espalda –de cabeza-.  A ellas me acerco hoy del modo en que me acerqué el pasado domingo, atravesando la bulla de la parroquia, las caras de siempre, los íntimos desconocidos de esta ciudad en sus domingos de marzo. A ellas me acerco, y si allí les dejé un eurito y toma, niño, esta estampita te la regalo, hoy les dejo las gracias. Las gracias por esa estampita. Y por casi todo.