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Lo he visto: jóvenes lectores que se acercan a la obra de Rafael Montesinos, que comparten fotos de sus poemas y de sus narraciones en Instagram, que se preguntan por qué el escritor no aparece en los libros de texto de sus bachilleratos. Son lectores que aún creen lo que los libros cuentan, y de ahí que se asombren de que haya manuales que ignoran obras con las que se conmueven –las que en principio nunca se olvidan-. En numerosas ocasiones, estos jóvenes lectores –si es que se puede ser lector de otra forma- montesinianos me preguntan por este libro, por qué pueden leer, qué título les podría recomendar. Me dicen que qué me parece, que qué destacaría de Montesinos.  Yo les comento que  hablen con el profesor Rafael Roblas o que lean las soleares, esa “Las mañanas eran claras / porque mi vida lo era, / no porque fueran mañanas”, esa “Déjame dormir la siesta / contigo, niña, en tu cama, / contigo aunque no la duerma”, esa “Buscaría aquellas piedras, / y en aquel mismo camino / tropezaría con ellas”. ¿Y de cofradías?, me vuelven a preguntar. Y es que son chavales que, además de sensibilidad en la lectura, llevan afinidad por lo cofradiero, quizá el camino más corto por el que llegan al nombre de Rafael Montesinos. Pero es que cada día estoy más convencido de que Montesinos –como el resto de autores que publicaron textos interesantes sobre el tema- no escribieron de cofradías sino de las emociones personales y universales que pueden suceder en las cofradías. Montesinos escribe su rito y la regla, hoy la memoria escoge el camino más corto para herirme, desde la conciencia de un autor de su época, no desde el atril del sevillano teatrero. Así que a los jóvenes lectores de filiación cofradiera que me preguntan por Montesinos, les digo lo que creo que fue su principal lección: escribió el mejor poema de la Semana Santa en el  camino más corto, pero desde largo.

EL LECTOR -Y EL AUTOR- POLÍTICO

Cuando en el escritor predomina alguna cualidad extraliteraria, principalmente política o social, es difusa la distancia entre los autores que nos gustan y los que nos defienden. Se suele dar con frecuencia: lectores que toman al autor no por su obra sino por afinidades ajenas a esta. Ya sean estéticas o de pensamiento o de opiniones sobre asuntos que poca relación guardan con el oficio de escribir. Son casos, un par de ejemplos, como el de Vargas Llosa o el de autoras cuya etiqueta política es la del feminismo. Para muchos de sus lectores, la condición política prevalece a la calidad o al interés de lo que hayan producido como autores, de los libros que hayan publicado y de la notable destreza que demuestren en sus páginas, en sus personajes, en sus tramas. De ellos no importa tanto, aunque encontremos justificaciones en sus libros, cómo han contribuido a la literatura sino el modo en que pueden representarnos en la ideología y, claro, nutrir a nuestros argumentos de ideas –de nombres- solventes. Así, estos lectores toman al autor como un medio para defenderse en el debate político ante los contrarios. Sus libros atraen por las ideas del autor o de la autora: a ellos no llegan por el camino de la curiosidad lectora estrictamente literaria sino por la cercanía política de estos lectores. Los valoran no por lo que escriben sino por lo que piensan. Aunque tantas veces nos hagan creer lo contrario.

Esa apropiación del artista, lejos de asombrarnos, se ha dado a lo largo de la historia en multitud de disciplinas artísticas. Recordemos la relación entre el gusto imperante de una época –por ejemplo: arquitectura, pintura- y su vinculación al poder político que por aquel entonces predominara. En este sentido, la sociedad se interesaba por autores que trabajaran según el criterio del que ponía pan y jornal, pago con el que se buscaba influir en la estética de cada tiempo. A su vez, la estética de cada tiempo se ahormaba al interés político, y quien dice político dice también social, de su época. Conocidos son los retratos colectivos de la burguesía flamenca del siglo XVII. Si en el Flandes católico se encargaron obras que invitaran a la devoción, los protestantes del norte preferían los retratos de grupo o de profesiones liberales. Otro caso: la Florencia de los Médicis o la corte de Urbino. Así retrató el historiador Guicciardini, con sutil tono de peloteo, a Lorenzo de Médici: “Dio mucho que hacer a todos los  hombres de Italia que sobresalían en las letras, en la pintura, en la escultura o en artes semejantes; pues, o bien los mantenía él con grandes emolumentos, o bien eran considerados con mayor reputación por los demás príncipes, que temían que, si no los mimaban, se irían junto a Lorenzo”.

En La responsabilidad del artista, Jean Clair apunta cuestión semejante: la colaboración de las vanguardias del siglo XX en la construcción de la identidad totalitaria, ya sea por la servidumbre del comunismo o por la exaltación triunfante de los fascismos. En ambos, el arte supuso propaganda, justificación para la base ideológica de una sociedad, el argumento de prestigio con que la política justifica sus planes. Y eso es, salvando las obvias distancias de cada ejemplo, lo que el lector político espera de sus autores de referencia de hoy día. Los cuales, como decimos, no se leen –no se celebran- tanto por su calidad de página como por la prédica de su pensamiento. Pensamiento que, más que ayudarnos a pensar, nos define, nos delimita la personalidad política y, por tanto, nos acomoda. Y aquí lo fundamental: nos da la razón.

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La idea fue acogida con trágico escepticismo –cualidad del creyente cofrade común, aunque suene contradictoria a su condición-, luego fue celebrada con júbilo –siempre nos adelantamos a los hechos, tan soberbios- y, por último, ha sido descartada de planes futuros –en esa inesperadas decisiones a las que tan acostumbrados nos suelen tener-. Por si alguien no se ha enterado, vive en Narnia o está pendiente de asuntos importantes: el Martes Santo vuelve a sus orígenes carreroficiales. A pesar de que ya no sabemos cuáles son estos; a pesar de que ya no sabemos si decir que vuelve al derecho o al revés pues, según el cristal con que se mire, aquello acepta cualquier punto de vista en cuanto a direcciones. Si tomamos la referencia de este año, el Martes Santo será a la inversa; si tomamos la referencia del año pasado a este año, el Martes Santo será al derecho. ¿Puede volver al derecho lo que ha sucedido del revés si en ese revés ha sucedido al derecho? Qué cosa más enrevesada. Hasta estos derroteros más liados que la pata de un romano –macareno, por supuesto- nos ha llevado el Consejo de Cofradías que preside don Joaquín Sainz de la Maza. Unos derroteros que, dada su envergadura ontológica, ya no precisan de capillitas un tanto aburridos –Dios los salve, qué haríamos sin ellos- para explicarnos sus esencias y sus fundamentos, sino de teólogos o de teóricos de la política y de la filosofía. Y es que la conclusión a la que el Consejo ha llegado requiere complejas explicaciones. No se entiende que una medida que la mayoría aprueba, que la mayoría ve con buenos ojos, que favorece a las cofradías, que resuelve problemas, termine, por nadie sabe muy bien qué, obviada, descartada, dejada de lado. Decían que el Martes Santo de 2018 era, en esas exageraciones tan propias –tan nuestras-, histórico. Lo peor es que me temo que así será, al menos por su desenlace. Estoy convencido de que un final tan ridículo no pasará desapercibido en los libros de Historia.

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Una reforma a prueba de opinión capillita –que ya es probar-, un tiempo sin duda inesperado –apenas lluvia, incluso ambiente de primavera para penitencia de alérgicos- y unas cuantas anécdotas que han mantenido vivas las conversaciones de los cangrejeros en las delanteras de los pasos, de la gente de hermandad en las barras de los bares, que han contribuido a la broma ingeniosa, viral y moderadamente maligna en los grupos de Whatsapp. La Semana Santa de 2018 ha sido, para casi todos, una sorpresa. Al menos en dos de sus temas de actualidad: el tiempo que se ha disfrutado y el Martes Santo que, preveo, se mantendrá para los años futuros. Del primer asunto, la lluvia, deduzco impresión que celebro: hermandades que abandonan esa ridícula prudencia –asociada a una imagen de cofradía de carácter “serio”- a la hora de poner los pasos en las calles cuando la probabilidad de lluvia es mínima. En esta semana de la Semana ha ganado el criterio de sacar los tramos de nazarenos y, en caso de que venga el agua, cobijar al personal donde sea posible. Porque, menos mal que lo asumimos, el agua no moja la dignidad de una cofradía. El segundo asunto, Martes Santo a la inversa en la carrera oficial, ha sido aprobado por la mayoría aun con algún que otro disenso. Lo cierto es que la idea ha resuelto problemas mayores –los que se pretendían resolver-, aunque ha dejado abiertos otros tantos, leves. Cuestión de solventar errores sobrevenidos y, al igual que estos días, santas pascuas. De solución más complicada, la Madrugá. Noche que sigue copada de túnica de cola con ron del chino y esa tensión de que en cualquier momento algo puede salir mal –como casi sucede, de no ser por la policía y por la admirable calma del escaso personal que esperaba en Reyes Católicos-. Y del resto, lo acostumbrado. Costumbres que, aunque no lleven noticia, suelen ser lo extraordinario.