EL LECTOR -Y EL AUTOR- POLÍTICO

Cuando en el escritor predomina alguna cualidad extraliteraria, principalmente política o social, es difusa la distancia entre los autores que nos gustan y los que nos defienden. Se suele dar con frecuencia: lectores que toman al autor no por su obra sino por afinidades ajenas a esta. Ya sean estéticas o de pensamiento o de opiniones sobre asuntos que poca relación guardan con el oficio de escribir. Son casos, un par de ejemplos, como el de Vargas Llosa o el de autoras cuya etiqueta política es la del feminismo. Para muchos de sus lectores, la condición política prevalece a la calidad o al interés de lo que hayan producido como autores, de los libros que hayan publicado y de la notable destreza que demuestren en sus páginas, en sus personajes, en sus tramas. De ellos no importa tanto, aunque encontremos justificaciones en sus libros, cómo han contribuido a la literatura sino el modo en que pueden representarnos en la ideología y, claro, nutrir a nuestros argumentos de ideas –de nombres- solventes. Así, estos lectores toman al autor como un medio para defenderse en el debate político ante los contrarios. Sus libros atraen por las ideas del autor o de la autora: a ellos no llegan por el camino de la curiosidad lectora estrictamente literaria sino por la cercanía política de estos lectores. Los valoran no por lo que escriben sino por lo que piensan. Aunque tantas veces nos hagan creer lo contrario.

Esa apropiación del artista, lejos de asombrarnos, se ha dado a lo largo de la historia en multitud de disciplinas artísticas. Recordemos la relación entre el gusto imperante de una época –por ejemplo: arquitectura, pintura- y su vinculación al poder político que por aquel entonces predominara. En este sentido, la sociedad se interesaba por autores que trabajaran según el criterio del que ponía pan y jornal, pago con el que se buscaba influir en la estética de cada tiempo. A su vez, la estética de cada tiempo se ahormaba al interés político, y quien dice político dice también social, de su época. Conocidos son los retratos colectivos de la burguesía flamenca del siglo XVII. Si en el Flandes católico se encargaron obras que invitaran a la devoción, los protestantes del norte preferían los retratos de grupo o de profesiones liberales. Otro caso: la Florencia de los Médicis o la corte de Urbino. Así retrató el historiador Guicciardini, con sutil tono de peloteo, a Lorenzo de Médici: “Dio mucho que hacer a todos los  hombres de Italia que sobresalían en las letras, en la pintura, en la escultura o en artes semejantes; pues, o bien los mantenía él con grandes emolumentos, o bien eran considerados con mayor reputación por los demás príncipes, que temían que, si no los mimaban, se irían junto a Lorenzo”.

En La responsabilidad del artista, Jean Clair apunta cuestión semejante: la colaboración de las vanguardias del siglo XX en la construcción de la identidad totalitaria, ya sea por la servidumbre del comunismo o por la exaltación triunfante de los fascismos. En ambos, el arte supuso propaganda, justificación para la base ideológica de una sociedad, el argumento de prestigio con que la política justifica sus planes. Y eso es, salvando las obvias distancias de cada ejemplo, lo que el lector político espera de sus autores de referencia de hoy día. Los cuales, como decimos, no se leen –no se celebran- tanto por su calidad de página como por la prédica de su pensamiento. Pensamiento que, más que ayudarnos a pensar, nos define, nos delimita la personalidad política y, por tanto, nos acomoda. Y aquí lo fundamental: nos da la razón.

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