COPE

Aunque el asunto pase de damasco oscuro, lo cierto es que casi siempre va moderadamente desapercibido. Hablamos de las reventas de las sillas en la carrera oficial y del negocio en el reparto aleatorio de estas entre personas que, si bien cercanas –padres, colegas, compañeros de curro-, no son sus propietarios. Lo que genera una situación que en las cultas palabras se llama nepotismo y en el lenguaje  de las andanzas populares, mamoneo. Junto con esa fraudulenta cesión de derechos al modo compadre –motor de las relaciones de sociedad, y trabajo, en la ciudad-, ahora tenemos noticia de otra cuestión: hoteles que ofertan sillas a sus clientes. Turistas que vienen a pasar una semana y que por alojarse en una habitación tienen derecho a sentar sus germánicas y centroeuropeas espaldas en las sillas de Quidiello, las cuales son propiedad de a saber quién. Un sutil modo de enseñar un típico rasgo nuestra cultura, tan dada a la picaresca y al ingenio de la corruptela. En este sentido, un aplauso para los departamentos de marketing de estos hoteles: el turista conocerá, sin impostura ni cliché, las costumbres locales. Por supuesto que el precio de esa silla está tan inflado -en relación con el que oferta el Consejo de Cofradías, responsable de la gestión- que los hoteles se garantizan un beneficio que les salvan las cuentas de esos meses de primavera. Lo peor del tema es que ese dinero debería ir a las cofradías, quienes son las que se benefician del pago, durante una semana, de la gente que tiene su silla en cualquier punto de la carrera oficial. Dinero que se destina a cubrir gastos de salida, de restauración de patrimonio, de cultos internos. Es decir: el dinero que es de todos los que hacen la fiesta termina en el bolsillo de unos pocos que hacen su agosto y su primavera. De esto, parece ser –siempre parece ser-, ni el Consejo de Cofradías ni Sainz de la Maza tenían noticia alguna. En cualquier caso, bien está que empiecen a tomar soluciones. Pero que se mantengan más de un año, por favor.

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