COPE

El anuncio sobre el anuncio, la imagen sobre la imagen. Lo que ha pintado José María Pedernal rima –excúsame el ripio, que nada merece la obra- con lo genial de un concepto: la idea de un cartel contiene, a su vez, la propia idea del cartel. Un juego de significados que da bastante juego y, sobre todo, que vulnera todo precepto básico para las artes: evitar el aburrimiento. Y lo previsible, claro. En la pintura que celebra la fiesta del Corpus de Sevilla aparece una de esas numerosas convocatorias de cultos que los chavales del grupo joven pegan, cola y agua, en los blancos azulejos de las parroquias. Aunque el propósito, la utilidad, haya quedado en desuso, pues hoy día la comunicación exige otras formas, aún se ven estos carteles, estas convocatorias, por las calles y por los templos de esta ciudad nuestra. El cartel dentro del propio cartel, el concepto dentro del propio concepto. La obra de José María Pedernal propone, desde una dimensión tan limitada como un soporte que no tiene mayor profundidad, la profundidad; es decir, una nueva distancia, un nuevo límite, un nuevo espacio. Es el espejo del retrato de Giovanni Arnolfini, de Jan van Eyck; o el retrato de Felipe IV en Las meninas, de su paisano, de Velázquez, bautizado a pocos metros de donde Pedernal es el hermano mayor de su cofradía. Y ya que la intención, que aquí cuenta y logra, es transmitir un anuncio a quien se asome a esta pintura, en una de las esquinas queda retratado el logo de tuiter, principal canal de difusión en estos primeros años del siglo XXI. El único inconveniente de esta obra, el de todos: que aún no se pague. Que en el consejo de cofradías se siga confundiendo esa difusión, esa publicidad, por otra parte implícita en la idea del cartel, con el pan –motivo eucarístico- de cada día.

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