COPE

Quizá no se trate de comprender sino de disfrutar o ignorar, pero si quedamos en casa en estos días en que se celebra la romería del Rocío, yo recomiendo –es nuestra condición- tres libros. El primero lo acaban de editar en Almuzara, de Antonio Sánchez Carrasco, fotógrafo, divulgador de las fiestas locales en la cámara y ahora en la escritura, con su El Rocío, presentado en este mes de mayo, a escasos días de que salgan las hermandades que tan bien retrata este retratista con quien comparto afinidad en dos placeres casi universales: la palmera de huevo y los chicharrones. De otro tono, El polvo del camino, de la siempre genial Eva Díaz Pérez, obra ajena –no abundan- a la servidumbre folclórica y a la apariencia de una fiesta que nunca es del todo lo que parece pero que tampoco suele ser lo que no parece. En esa media entre dos puntos de vistas –tan dogmáticos y categóricos como falsos e interesados-, esta novela. También podríamos hablar del libro que Antonio Burgos escribe en un ya lejano 1973, donde leemos curiosas palabras ya en desuso y paisajes perdidos en torno a la romería, donde no había tanta carretera y tanta carriola tipo halcón milenario con el famoseo de sobremesa y el político kitsch. Tres libros. Libros con los que estaremos allí sin estar allí; es decir, en el camino, pero con todas las comodidades de la vida occidental y contemporánea: una ducha caliente, una cama limpia, un sofá confortable: sin alergias ni picores de mosquitos inmensos como carretas juanrramonianas –tanto el picor como el mosquito- ni pies hinchados de kilómetros y arenas voluminosas. Porque aquello es para ir en el plan que tantos prejuiciosos que nunca han conocido el plan se suponen que es aquello: no me aguantan el primer día.

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