DE AHÍ QUE SEAN INFLUENCERS

Los influencers, gremio que se reproduce y multiplica por obra y gracia de las redes sociales, sobre todo en esa reinvención de Narciso que apodaron Instagram, han invertido la lógica del ídolo: ya no es necesario admirar a alguien por una habilidad extraordinaria que nos emociona o que nos disecciona –nos desvela- los entresijos tantas veces inescrutables de la condición humana, ahora el ídolo lo será en la medida en que se parezca, se acerque, al seguidor; en la medida en que sea celebrada impersonalidad de la masa –contra la primera impresión que nos llevamos de ellos-. Así, la función de esta gente tan cool no es la creación de un estilo que se ponga de moda –influir- sino la afirmación de una identidad estética respecto de unos seguidores ya convencidos en esa moda. No es tanto influir en el gusto como darles a los seguidores lo que estos buscan en su propio gusto. La personalidad del seguidor está hecha: tan sólo falta que alguien le diga que está correctamente hecha.

Cualquiera con buena planta –término, en un mundo tan abierto como Internet, más asequible de lo que pudiera parecer-, una cámara de fotos y una red social puede convertirse en un referente –influencer– para multitud de personas. Pero ya que su influencia es servicial, dar a los demás lo que estos buscan, será un referente en la medida en que siga las pautas que sus seguidores esperan para que sea un referente; es decir, será un referente de partida limitado, y por tanto bastante simple o, al menos, visto. Esto sucede también en Youtube, con los youtubers, personas que suben vídeos de aparente originalidad a una plataforma. Pero suficiente consultar unos cuantos para ver que todos sugieren un guion más o menos parecido: en la edición, en el modo de contar, en la producción del vídeo –efectos en los cortes, gesticulación sobreactuada, proclive a un mensaje de tono contundente y viral-. Son tipos que resultan divertidos en cuanto los conoces, aunque aburran cuando los has conocido demasiado. Como la gente moderna o las personas simpáticas.

El éxito del influencer es que prescinde del concepto de éxito como lugar lejano al que muchos aspiran pero pocos llegan: no hay requisito laborioso para ser como ellos, todos tenemos –o podríamos tener- lo que ellos tienen: una cámara, una cuenta en una red social. De ahí que “conecten” con un público tan diverso, y es que quién quiere penitencia si se puede pasar directamente por el paraíso sin conocerla. El influencer no es más que cualquier persona con la que hayas tratado, cualquier individuo, mujer, que te encuentres en los pasillos de una discoteca o de una biblioteca universitaria –dada la edad de muchos de ellos-, alguien que tampoco milita fuera de los límites de lo común, y por eso, precisamente, tiene multitud de seguidores -la única diferencia respecto de esa gente convencional que te encuentras a diario-. Por lo demás: compran la ropa que cualquier usuario compra –de ahí que sean influencers-, salen por los lugares en los que cualquier usuario de la red social podría salir –de ahí que sean influencers-, en sus blogs cuentan las anécdotas personales que cualquier usuario podría contar –de ahí que sean influencers-. Estos, contra el cliché sobre las teorías de su fama, no imponen un estilo sino que toman el estilo de cualquiera, es decir, un estilo que desecha el estilo, y le dan un rango de autoridad, de canon, por el hecho de ser ellos los que copan –o copian- las listas de los más seguidos. Así de simple. No es tanto la influencia como la apropiación de la influencia. No es tanto la tendencia como la toma de esa tendencia. Quizá sea esa una distinción entre el artista y el influencer –por suerte aún hay clases-. Unos inspiran; otros conceden el visto bueno a unos fans para que estos puedan decir, sin duda alguna, qué es lo que inspira.

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