COPE

Los cronistas y los escritores de cabecera –de guardia- en esta noble ciudad tratan la mañana del Corpus en sus artículos, en sus divagaciones, en sus elucubraciones, en esos breves y elocuentes ensayos con que ofrecen erudición y buen oficio a las fiestas locales. Ahí hablan de una ciudad que ya no es la de no se sabemos cuándo y que ha perdido la medida de no sé sabe nunca muy bien qué. Una galería de conceptos abstractos, constructos difusos, ideas vagas: un paraíso que ya no existe y que, me temo, nunca existió más allá de la literatura personalísima que crece en la nostalgia, esa cruel mentira de la memoria. Desde ahí parten a la descripción, a la disección de una estética que cruza las calles durante cuatro horas y que luego, como en el soneto de Cervantes, no hubo nada. Tan sólo, aunque no sabría decir si es poco, la teatralidad pasajera, nuestra mayor virtud. Pero tras la juncia, el romero, el seise y la plata indiana gastada de siglos, queda el tedio perezoso, la siesta languidecida, el comercio cerrado y el guiri sin rumbo. Tras el canto del coro y los graves sonidos en la vieja catedral, queda el eco cuya voz es nuestra voz. Y ahí vamos el resto de los días, y ahí vamos el resto de los meses. La festividad del Corpus enseña no tanto en su fachada como en su reverso, no tanto en esos cofrades que salen como en el instante en que ya no están delante de nosotros, discurriendo, saludando, vara en mano y medalla al cuello. Y es que la principal moraleja, la principal conclusión de esta fiesta que ya pasó no está en esa retratada mañana sino en la tarde que se ignora. Cuando su ciudad se muestra tal como es; es decir, tal como nadie la quiere ver: anodina y convencional. Una ciudad más. O sin más: una menos.

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