A MÍ LA CORRUPCIÓN ME GUSTA MUCHO

Ocurre: muchas veces, sobre todo cuando se charla de política desde visiones opuestas, la corrupción deja de ser un hecho para el análisis y se convierte en un argumento para desacreditar las ideas de quien tengamos delante de nosotros. Sucede que en los casos de corrupción en los que estén implicados los ideológicamente afines a mi contrario, encontramos un gusto de absolvernos nosotros, de absolución de lo propio. Así, muchas de las noticias que compartimos en Twitter o en Facebook, en los grupos de Whatsapp de los amigos o en las charlas de sobremesa, no pretenden tanto debatir, encontrar errores y soluciones, como demostrar cómo de equivocada está la idea del que me discute: si se charla, por ejemplo, sobre políticas públicas –educación, sanidad, temas recurrentes-, casi siempre habrá quien recuerde casos de corrupción de uno y otro partido, de una y otra perspectiva, más liberal o más socialdemócrata, para demostrar que el otro se equivoca. “Cómo van a gestionarlo así, si mira lo que hicieron con esto”, sería el argumento.

Es un extraño regocijo en el error del otro. En la corrupción ajena, cuando no coincidimos con las ideas de esos otros, nos invade una sensación de triunfo de nuestro criterio. En ese planteamiento, en esa conducta, la corrupción no es más que un medio de legitimación de nuestros intereses. Al exponerla al público, al compartirla en nuestras redes sociales, a nuestros seguidores, no se busca tanto la acusación o la solución de un problema que afecta a la sociedad como una autoafirmación de nuestras creencias. Si el votante de derechas lee en la prensa un caso de corrupción de un partido de izquierdas, irá a compartirlo, para enseñar a los demás lo equivocados que están. La corrupción no importa tanto. O importa en la medida en que me beneficia en el proselitismo.

Esa manera de comportarse se asemeja a los lectores que mantienen fobias con periodistas de ideas contrarias, normalmente columnistas relevantes en sus medios –y en la sociedad-. Apenas leerán columnas suyas, apenas seguirán lo que publican; pero basta con que haya un día en que publiquen una columna que ofrezca polémica para que estos acudan a su odiado columnista de cabecera y compartan -para aplauso de todos-  las opiniones, según ellos, tan despreciables que el columnista ha escrito. Hay un componente narcisista de recreo en la idea propia, de volver a dar –a darte, a ti mismo- la razón una vez más. El concepto: no me gusta este tipo y, aunque tenga mayoría de columnas durante el año en las que se pueda discrepar de pasada e incluso estar de acuerdo, compartiré la que tanto rechazo causa a los míos, a los que piensan como yo. Incluso se ha llegado a pensar que ellos, esta gente que odia tanto, necesitan de ese columnista más que sus lectores.

Este uso de la corrupción para definirse en la idea, para darse la razón, para tener ocasión de decir “disfruten lo votado” también es similar a quien comparte hechos circunstanciales que hace pasar por habituales, y todo porque concibe que ese hecho circunstancial, que regala el papel de víctima, es lo habitual. Este criterio es común en minorías sociales y en confesiones religiosas: una pintada de un símbolo anarquista en las puertas de una iglesia es consecuencia de una sociedad anticlerical.

En ocasiones, de manera inconsciente o deliberada, buscamos respuestas en la corrupción, bien para justificar nuestras ideas, bien para desprestigiar los argumentos de los otros, bien para confirmar nuestros prejuicios y nuestras fobias. Mientras, claro, todo lo que sí importa sigue sin remedio, y casi sin culpa.

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