COPE

El pasado 19 de septiembre, la hermandad de la Macarena organizó una charla con periodistas –entre ellos el presentador de esta candelería que hoy se estrena- que han contado la salida de la cofradía, lo que llevó a una pregunta siempre compleja: ¿qué es la Macarena? Podríamos hablar de la noción de la Esperanza, del sentido de su virtud teológica en la Iglesia; podríamos describir el qué de la Imagen en el barrio, podríamos aproximarnos, desde el hecho, al concepto de la Virgen. Pero, aun diciendo todo desde el juicio objetivo, nos quedaríamos en nada. No es suficiente la descripción, la correcta definición de glosario; que es exacta, pero por exacta, limitada, y la Virgen de la Esperanza supera sus propios límites: devocionales, sociales, culturales. Desde una descripción objetiva de la Imagen no pasaremos de la frustración, de la palabra que siempre necesita de algo más. Que siempre necesita de la experiencia íntima, que es suma de memoria y de emociones. La Virgen de la Esperanza Macarena, al igual que la fiesta de la Semana Santa de Sevilla, no se define en los ensayos de los buenos divulgadores ni en los programas de mano que tan sólo sirven para mencionar el dato recurrente y la cifra prescindible. Porque la Virgen de la Esperanza Macarena tan sólo se asume desde la apreciación subjetiva, desde la intimidad de los recuerdos de quien la haya conocido en la mañana personal del Viernes Santo, en la estampa de la casa paterna. De ahí que estos periodistas dijeran que “se quedan sin palabras” cuando se acercan con un micro en la mano para narrar la salida del paso: contar su Imagen es contarse ellos. Y acaso mejor así: denostar toda lógica, toda explicación. Porque La Macarena no precisa de definiciones. Porque es una definición en sí misma.

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