¿UNA DERECHA QUE QUIERE SER IZQUIERDA? EL CASO JOSÉ MANUEL SOTO

Elegido embajador de Tabarnia en su ciudad natal, José Manuel Soto declara en un medio digital sevillano que se siente “un poquito como los cantautores que hacían canción protesta en los años sesenta”. Obviamos la diferencia primera, que es ética y política: en aquellos años hubo dictadura autoritaria donde hoy hay democracia liberal. Obviamos la diferencia segunda, que es estética: el interés que sugieren las canciones de unos comparado con las canciones del otro: donde antes escuchábamos reivindicaciones hoy tan sólo oímos folclore. Y que no podemos equiparar la censura franquista con el aburrimiento de tuiteros desahogados, que es lo que muchas veces pretende nuestro cantante embajador: posicionarse como alguien que sufre por decir sus verdades. Todo, apuntamos, por comentarios con faltas de ortografía en una red social.

Pero esa tesis de José Manuel Soto no es aislada, y además coincide con el criterio político de la derecha española, casi siempre más sociológica que política. Como todo grupo minoritario –la derecha conservadora de José Manuel Soto lo es-, palabras y hechos que suenen a persecución, linchamiento, censura, aislamiento social, contribuyen a formar una imagen de pensamiento marginal que es oportuna para legitimar posiciones, para dotar de razones políticas necesarias: lo que queda fuera de lo convencional, siempre seduce, siempre produce empatías, consecuencia de esa extraña –por otra parte también convencional- relación entre lo marginal y lo heroico, o entre lo minoritario y lo justo. La imagen de debilidad, en este caso, suple toda carencia de argumento o de propuesta motivada –Daniel Gascón hablaba, no hace mucho, de una idea similar-. Es significativo que de sus ideas los seguidores siempre dicen que son valientes, aunque el valor no suponga mérito alguno en este caso. Las ideas no necesitan de ser valientes sino inteligentes.

José Manuel Soto sufre un acoso tuitero en el que se siente como los cantautores perseguidos en la dictadura por motivos ideológicos. Pero Soto, inconsciente, necesita de esas notificaciones en el teléfono móvil, casi que disfruta de ellas, pues lo llevan a que “se sienta” como estos cantautores censurados, lo que a su vez coloca al cantante folclórico en la tesitura del hombre-héroe que se sacrifica por la idea, por sus principios, por sus convicciones. Una opción que, en la época de Marvel y de las películas de Hollywood, no es tan sufrida como rentable, atractiva.

Hay una derecha que se apropia de esa buena consideración social que tienen los movimientos sociales minoritarios, los que siempre quedan fuera de toda idea mayoritaria. Ese prestigio moral que denota la condición de outsider es el sustrato ideológico y ético de buena parte de los conservadores de hoy. Quienes son, claro, los conservadores de siempre. Tan sólo muta la estrategia. El caso de José Manuel Soto es otro más, uno de tantos que se disfrazan de apartados para captar la atención de los oyentes, de los lectores de su cuenta tuitera. Se diría que disfruta de lo que hace, que lo pasa bien en ese personaje épico: qué adrenalina en el cerebro cada vez que refresca las notificaciones. Se asemeja a aquellos ejecutivos de clase media que en las vacaciones se visten de atuendos hippies, desaliñados, para pasar la tarde en el chiringuito cool de Formentera o de Ibiza.

Pero lejos de esa pose de reivindicación que sirve casi de ocio, que no pasa de ser una experiencia momentánea, como el que compra uno de esos pack para bucear con tiburones o para salta de un puente, José Manuel Soto guarda coherencia en su discurso político, en ese nuevo propósito de embajador de Tabarnia. Por aquello que cantaba de dónde está la pared, pam, pam, que separa tu vida y la mía. Eso hay que reconocerlo.

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