COPE

Hace años que en los cónclaves cofradieros circula la frase tópica: “De tantas coronadas que hay, lo extraordinario es que no esté coronada”. Aunque sea frase de pensamiento precongelado, así es. Desde que en los primeros años dos mil empezaran a aceptarse trámites de coronación tomando la palabra trámite en unos sentidos demasiado literales, llegó la moda de las coronaciones por criterios de acción de social, que no es más que el eufemismo que permite la coronación allá donde se desea. ¿Qué hermandad de Sevilla no cuida la ayuda a los necesitados? ¿Qué hermandad de Sevilla no presta colaboración a un comedor social? Ninguna: es lo que está mandado. Lo mínimo que se exige. Por esa puerta de la ayuda al que menos tiene, que no es estrecha como la de san Esteban sino ancha como la de El Salvador, salieron coronaciones de todo tipo. Un hecho que devalúa lo extraordinario del hecho. Además, y aquí un aspecto importante pero desapercibido, hay en estas coronaciones un interés histórico en lugar de un motivo devocional. Sí: parece que importa más el pasar a la historia, que el nombre de aquella junta figure en las placas de la casa hermandad, que la celebración en sí. Algunos cofrades de hoy, que saben del alcance social de estos acontecimientos, que han visto fotos y oído historias de los mayores,  deciden coronar a sus imágenes en conciencia de lo que otros hicieron. Porque intuyen que serán siempre recordados. Porque se coronan ellos en un tiempo, en una memoria.

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