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Este pasado domingo, en Diario de Sevilla, el periodista Carlos Navarro Antolín  preguntó si el personal hispalense estaba un tanto cansado de tanta procesión. El pueblo hispalense del ágora tuitera respondió que sí, y quedó duda solventada, y menos mal: si no, la semana hubiese quedado con intriga, con sospecha. Y así no se llega a ningún sitio, dejando las intrigas de un domingo sin resolver. En mi caso, hace años que llegué a una conclusión parecida: ser capillita convencional, en esta ciudad, es algo muy cansado. Casi todos los fines de semana tienes evento festivo, y es que tan sólo libran algunos de agosto y poco más. Si no es una procesión de gloria, es una salida extraordinaria; si no es una procesión eucarística, es una coronación; si no es un vía crucis, es un concierto de bandas; si no es la última recuperación histórica de algo que no se hacía desde hace cuatro siglos pero que el archivero descubrió un sábado ocioso a la par que aburrido, es una charla, muy amena, sobre la catequesis kerigmática y mistagógica. Cómo no va a ser agotador pertenecer al gremio del capillismo, y encima gratis: cuadrar cuentas gratis, reuniones mensuales gratis, cargadores de trastos gratis. Lo que yo me pregunto, ahí va la incógnita que tendrá que solventarse esta semana, es si los medios no tenemos culpa, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, en esa saturación de las cofradías. Porque es cierto que todo lo que hemos escrito, pasa. Y no es menos cierto que allá donde pasa esta nimiedad con la que hemos sonreído, la contamos. Y la difundimos. Y la rentabilizamos. Y con las treinta monedas que nos sobran, pues nos callamos la conciencia.

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