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Lo confiesan en la camilojoseceliana colmena de la calle san Gregorio: el consejo de cofradías es institución que ha perdido todo prestigio. Antes en privado y ahora en público, tanto Antonio Piñero como Francisco Vélez –dos hombres con un mismo destino, como cantara David Bustamante- coinciden en criterio: la degradación de ese consejo, de su consejo, se ha pasado de castaño oscuro. Castaño oscuro del color del café de Sainz de la Maza, claro. El hombre que con mayor alegría y ganas de fiesta vio un Santo Entierro y al que sólo le quedó beberse, precisamente, el producto que en familia fabricaba. Pero ahora que el agua pasada –y lo que no es el agua pasada- no mueve molinos de esta quijotesca historia, tanto la gente de Vélez como los nombres que acompañan a Piñero se han propuesto enmendar la plana y corregir la deriva moral de una casa que desde los tiempos de Adolfo Arenas y sus filtraciones es lo más parecido al Cluedo que se pueda imaginar. Con buenas palabras, sí; con buenas intenciones, más; con ideas concretas, pocas. Lo de siempre en estos casos. Ninguna de las dos candidaturas, más allá de los santos propósitos que todo el mundo desearía para sanear aquello, ha dejado nada claro. Ni tampoco ha ofrecido soluciones a los problemas de siempre y que hasta pereza da recordar: madrugada, Martes Santo, carrera oficial. En fin. Visto el panorama, recomiendo que vayan estos próximos días a ver a la Amargura. Que aunque paradojas, quita todas las penas. Y sin necesidad de sainzmazearse.

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Hay que disponer de mucha fe para creer en los tópicos que hacen fiesta a la Semana Santa de Sevilla. Incluso hay que disponer de más fe que en el motivo principal de la fiesta: el hombre que resucitó de entre los muertos y que así nos salvó y que así nos reserva la vida eterna. Es la Semana Santa de Sevilla celebración abundante de ficciones, idealismos, mitos, cuentística palabrería. Leyendas fantasiosas y clichés de serie que en muchas ocasiones dicen de la fiesta cosas que, con historiografía y lectura, no son. Hay veces que este desajuste entre realidad y ficción –mentira, a secas- sucede a causa de la memoria, otras a causa de la nostalgia y otras, mayoría, porque a los cofrades nos conviene. De estos clichés de serie, prefabricados en masa, es lugar común el de presumir de antigüedad, de presumir que la Semana Santa de Sevilla es una fiesta de no sé cuántos siglos, que parece que Colón salió de representación en El Corpus y que Carlos V, cuando se casó aquí en Sevilla, fue al palquillo de la Campana a que Manuel Cuevas le cantara una saeta. Pero no. La Semana Santa, la Semana Santa de Sevilla que hoy conocemos, es el resultado de una operación de marketing de Antonio de Orleans y de una renovación –o reinterpretación- estética en el siglo XX: bandas, flores, bordados, etc. Aunque haya quien presuma de siglos sin más convicción que la de su palabra. Pero esto, claro, es otra historia.

DEBATES PARA NO DEBATIR: POLÉMICAS, RETUITS Y MÁS

Conversaciones que en las redes sociales se definen como “guerras culturales” no pasan de anodino intercambio de impresiones en la sobremesa. Lo que en un lugar se predispone a palabras como “incendiar”, “polémica” o “ruido”, en el trato personal no va más allá de un debate moderado donde se exponen dos versiones de un mismo hecho. Y sin demasiada efusividad, sin intenso entusiasmo: el tema queda entre dos orillas cuyo río es de un caudal manso, de sosegado temperamento. Yo opino esto, tú opinas lo otro y poco más. Suele ser así: hay considerable diferencia en la manera en que tratamos los debates en las redes sociales y en la vida ajena al digital ruido.

Es extraño: por el modo en que los abordamos, parece que ni el contenido machista en las letras de Sabina o la connotación homófoba de las palabras o los límites del humor dan síntomas de importar demasiado a la sociedad distante de las redes sociales. Sin embargo, cuando estas cuestiones emergen en el ágora tuitera, transmiten sensación de ser temas relevantes, importantes, temas que captan toda nuestra atención, que generan comentarios, incluso artículos, incluso ensayos. Aunque nunca se llegue a conclusión, aunque siempre sea el perenne cacareo de dos partes que jamás se entienden. Porque quizá no haya nada que entender.

Las redes sociales dan apariencia de “diálogo”, pero su dinámica es distinta. Lo que triunfa en ellas no es el debate: no están diseñadas para el pensamiento sino para el ocio, la dispersión, las distracciones de otras tareas intelectuales. Tuiter se concibe desde el narcisismo, no desde la divulgación altruista o el foro de ideas; ahí no se va a aprender sino a lucirse o dar el espectáculo –en Rufián, por ejemplo, convergen ambas pretensiones-. No importa tanto dilucidar un hecho como ser el que mayor número de retuits e interacciones tenga al comentar ese hecho. Normalmente, desde el tono irónico, burlesco, de gracieta de instituto. Y casi siempre desde el cliché, desde el balbuceo, con el argumento de catálogo, la idea enlatada o el préstamo del tuitero. El por qué la palabra “mariconez” es homófoba qué más da, lo importante es que todo mi timelime sepa lo que pienso de la palabra “mariconez”; y sobre todo, que todos los que piensan como yo vean que pertenezco a su sensibilidad, que soy afín a ellos, que formo parte de su comunidad. Construyendo así no un pensamiento sobre una cuestión, sino identidades.

Lo que las redes sociales tienen de debate no es más que una sobreexposición de argumentos previsibles que no buscan el diálogo sino la identidad, que otros vean que perteneces a su camada. De ahí que estas cuestiones sean tan polémicas, tan “incendiarias” en Tuiter, y tan moderadas o apáticas o insulsas en la calle –un polémico en Tuiter y un moderado en la calle-. Porque en el fondo nos dan igual los planteamientos y los problemas que suscitan estas discusiones, porque no nos importan “los límites del humor” o el machismo en las letras de Sabina. Lo que nos interesa es que seamos nosotros, a base de retuits y de comentarios, los que tengamos alcance, los que tengamos difusión.