COPE

Hay que disponer de mucha fe para creer en los tópicos que hacen fiesta a la Semana Santa de Sevilla. Incluso hay que disponer de más fe que en el motivo principal de la fiesta: el hombre que resucitó de entre los muertos y que así nos salvó y que así nos reserva la vida eterna. Es la Semana Santa de Sevilla celebración abundante de ficciones, idealismos, mitos, cuentística palabrería. Leyendas fantasiosas y clichés de serie que en muchas ocasiones dicen de la fiesta cosas que, con historiografía y lectura, no son. Hay veces que este desajuste entre realidad y ficción –mentira, a secas- sucede a causa de la memoria, otras a causa de la nostalgia y otras, mayoría, porque a los cofrades nos conviene. De estos clichés de serie, prefabricados en masa, es lugar común el de presumir de antigüedad, de presumir que la Semana Santa de Sevilla es una fiesta de no sé cuántos siglos, que parece que Colón salió de representación en El Corpus y que Carlos V, cuando se casó aquí en Sevilla, fue al palquillo de la Campana a que Manuel Cuevas le cantara una saeta. Pero no. La Semana Santa, la Semana Santa de Sevilla que hoy conocemos, es el resultado de una operación de marketing de Antonio de Orleans y de una renovación –o reinterpretación- estética en el siglo XX: bandas, flores, bordados, etc. Aunque haya quien presuma de siglos sin más convicción que la de su palabra. Pero esto, claro, es otra historia.

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