COPE

Suele ser pregunta casi obligada, casi inevitable, en las reuniones de los amigos hispalenses, en las tertulias de la vida cofradiera: ¿darías el pregón? Salvo algunas  noches puntuales, noches de entusiasmo de garrafón en que me hayan dado más de las tres de la mañana con la hermandad de la canallesca, no recuerdo haber dicho que sí. Lo usual es que responda que no, que aquello del pregón no me interesa demasiado: porque es una dinámica algo desfasada, porque no concibo la escritura desde la complacencia y porque sospecho que levantarse un domingo tan temprano, y gratis, es una falta de respeto a los domingos. Y porque no se puede preparar nada interesante en un acto que tan sólo es social y en el que el público, en el fondo, no espera nada de ti, mucho menos algo interesante. A lo sumo, lo que ese público del teatro –y de esa Sevilla- busca es que alegres la mañana con la estampita previsible, con el poemita sentimental; lo que el público del teatro busca es que le cuentes lo que ellos quieren oír. Que es lo que ya oyeron el año pasado, y el otro, y el otro. No se puede concebir arte donde hay un público que desea propaganda. No se puede ofrecer un trabajo que sea original, es decir, bueno y propio, donde hay público de gusto predeterminado, y que además no admite otra alternativa. El formato tampoco ayuda: la misma imagen desde hace setenta años: alguien contando su historia durante una hora y media. Así que mejor dar a Dios lo que es de Dios, a los pregoneros profesionales –existen- lo que es de los pregoneros profesionales y a mí los domingos de pijama. Que como ellos, ninguno.

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