C. TANGANA, Y ROSALÍA, Y LA POLÉMICA

En este 2018 que ya cuenta días para su despido, la industria musical española ha cincelado dos nombres en la radio, en la discoteca y quizá en la memoria de una generación: C. Tangana y Rosalía. El primero con sus trabajados videoclips de evocación ochentera e imagen de patrón del crimen; la segunda con el inconfundible eco de los cantes populares y toda la gracia –la gracia virtuosa- de los sonidos flamencos. Ambos, trá, trá, tirando billetes de cien, con cita en eso que solemos llamar talento. Ahí, más o menos, coincidimos todos.

Es indudable que tanto C. Tangana como Rosalía convergen en un éxito temprano e inmenso al que le queda fijar trayecto pero que ya apunta destino. Ellos saben qué buscan, ellos saben qué quieren ofrecer. Y tienen, cumplido el dificultoso trámite de la idea propia y de la personalidad definida, lo más difícil: una industria que quiere apostar –pagar- y un público que quiere atender –pagando-. Con menos se han fundado religiones de notable repercusión.

El triunfo de ambos, de la amiga Rosalía y del amigo C. Tangana, reside en esa concepción del arte que algunos buenos artistas, por exceso de ingenuo romanticismo, con soberbia rechazan. Saber venderse. Y es que en el arte no deberíamos hablar, solo, de creación, también de cómo vender esa creación. Porque sin lectores en la novela, sin visitantes en las exposiciones, todo es insignificante. No sirve de nada entregar una vida al trabajo artístico si no se difunde y se sabe vender, si en lugar de conversación se sucede el monólogo. Arte y mercado, contra el trasnochado idealismo romántico, son dos realidades tan abstractas como complementarias.

Lo más probable es que tanto Rosalía como C. Tangana, si tan solo dependieran de su música, que sí, que convoca interés, que sí, que entrega calidad, no hubiesen alcanzando el reconocimiento que hoy día disfrutan ni hubiesen actuado delante de miles de personas. Si tan solo vendieran música, lo más probable es que fueran dos artistas conocidos –reconocidos, admirados- dentro sus propios círculos. Pero no se han conformado con eso y, ayuda de la industria, han elaborado un discurso que suscita polémica y que a su vez les sirve para crecer –darse a conocer- en sus carreras. En el caso de Rosalía, es el debate sobre las identidades –en un contexto político de nacionalismos y populismos-; en el caso de C. Tangana, es el artista cuya obra es irrelevante, porque la obra es el propio artista –en la época del narcicismo tuitero y de los nuevos líderes carismáticos-. Una idea similar a la noción del arte que predicó Andy Warhol, con esas medidas extravagancias suyas. Como aquella de desordenar su casa, mover muebles, tirar trastos, horas antes de una entrevista. Una entrevista de Pitita Ridruejo, quien siempre comenta que jamás se sorprendió ante la escena. Y es que cómo se va a sorprender de esa imagen alguien que habla con Jesucristo.

C. Tangana y Rosalía, además de invertir en la promoción y en la imagen, también han invertido el propósito común del artista: primero el discurso, que ahora viene el arte. Aunque este ya de por sí, una vez planteado, pueda seguir generando otros discursos. Los éxitos de C. Tangana y Rosalía están en que han sabido leer la sensibilidad de una generación para así captar atenciones, construir debates, encender discusión. Y ahí, cuando la hipnosis de la polémica –calculada por la industria, y qué- ha contagiado sus efectos, han diseminado la buena música, su buena música. Dando sentido, propósito cumplido, a su trabajo. Y uniendo factores que a veces, por prejuicios, algunos creen incompatibles pero que mutuamente se necesitan: el talento y la industria.

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