RAMÓN EDER: DE VUELTA AL AFORISMO*

Aforista de agudas observaciones y próximo a un humor de tono melancólico, Ramón Eder (Lumbier, 1952) vuelve con Palmeras solitarias, su último libro, a ese estilo tan irónico y tan desprovisto de solemnidad, tan sarcástico y tan ácido, con el que se ganó la atención de la crítica despierta y de los lectores inteligentes, y que lo llevó a la etiqueta de imprescindible dentro del género aforístico.

Siguiendo la línea de sus anteriores libros de aforismos, publicados en la colección A la mínima de la editorial Renacimiento –donde también publica este libro del que hoy escribimos-, Eder ofrece lenguaje coloquial, sentencioso pero aireado de toda petulancia, sofisticado en el uso de la ironía y de la gracia, más cercano a la sugerencia que a la declaración explícita de sus intenciones. Muchos de sus aforismos, frases, citas y apuntes valen tanto en lo que manifiestan como en lo que silencian, en lo que deliberadamente ignoran. Una fórmula estilística que potencia elegancia en la expresión y que evita la broma previsible, el comentario tópico y el cliché impersonal. Algunos ejemplos: “Nadie nos puede quitar lo que hemos regalado”; “En la amistad es mezquino llevar una contabilidad minuciosa”; “Sonreír es vencer la ley de la gravedad”; “Los amigos que nos dan lo que nos merecemos no son buenos amigos”; “Uno de esos que gestionan su fracaso como quien dirige un gran hotel”; “A mí me gustan los libros que los dejas abiertos en una mesa y no se cierran”.

Eder no acierta tanto en algunas frases que bien pasarían por anotaciones de un diario personal sin demasiado interés o en desahogos puntuales de tuitero convencional. Aunque pareciera que en estas frases propone originalidad y un sentido profundo, lo cierto es que tan sólo incurren en obviedades: “Cuanto más conozco a los hombres más me gustan las mujeres”;  “Las lolitas se convierten en Dolores”; “Esas tenistas hermosas que no nos dejan ver el partido”; “Uno sólo conoce sus límites si ha intentado rebasarlos”; “Sólo sabe mirar el que ha contemplado mucho”; “La vida consiste en resistir la tentación de tirar la toalla”. Quizá la supresión de estas anotaciones, alguna que otra incluso de estirpe paulocoelhiana, de manual de autoayuda, hubiese contribuido a dejar un libro excepcional.

Y es que hay impresiones que merecen toda atención –elogio- en estos aforismos, apuntes, ideas, en estas palmeras solitarias que, si bien se leen en horizontal, apuntan, como las otras, hacia lo alto: “Tan misteriosa es la vida que necesita una explicación misteriosa”; “La ironía es reconciliarse con los restos del naufragio”; “Los domingos son la eternidad en miniatura”; “A veces hay que darle la razón al que no la tiene para que aprenda”; “El talento es un don que se da”; “Un aforismo es una jaula de la que se que escapa un pájaro”. Y más. Hay más.

“Las reseñas secretamente malignas hablan bien de un libro pero, a la vez, no dan ganas de comprarlo”, dice Eder, en esa combinación, tan suya, de perspicacia, sentido del humor y compleja sencillez expresiva, con la que tanto denota y tanto nos deja entre líneas. Un aforismo que representa las pretensiones estilísticas de este autor tan dado al género breve. Y que mantiene ese magnetismo que impregna las páginas de sus Palmeras solitarias, las cuales, según nos arrimemos para buscar cobijo, dan sombra a lo soberbio o a lo circunstancial. O las reseñas benignas que invitan, hasta con sus defectos, a acercarse a Ramón Eder.

*Editado en el último número de Clarín.

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