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Hablaba con el fotógrafo Javier Abad y con el historiador del arte José de León de la calidad de los trabajos periodísticos que se publican en la viña de la prensa cofradiera. Suelen decirse que estos han perdido nivel, que ya no son como los de antes, que cómo me vas a comparar la santa ideología mercantilista del clickbait con algunos reportajes de hace unas décadas. Yo creo, y los amigos Abad y de León creen, que no es así. Y sospecho que estamos en lo cierto. El homo capillita abusa de ese trampantojo –barroco, como muchos insisten que somos- que es la nostalgia. Sensación que todo lo enturbia, que todo lo deforma en la trampa de las apariencias. Para el homo capillita, como para la gran Karina o para el poeta Jorge Manrique, cualquier tiempo pasado le parece mejor. Siempre vive en el ayer, en el esto no es como cuando aquí no había nadie, que apenas había gente en la entrada de la cofradía. Pero no es así. La nostalgia es un recurso que nos ayuda a mitigar las decepciones, las inevitables frustraciones pasadas. Pero como casi todo consuelo, suele ser complaciente y engañoso. Las publicaciones que hoy se dan en la prensa cofradiera no merecen menos que las de hace unos años. Lo que ocurre es que siempre, en esta edad de la necesaria atención viral y tuitera, es más productiva la lástima que la celebración. Como esa gente que en las bullas protesta, y en voz alta, para que todos escuchen lo bueno que es él y lo malo que es el otro.

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Como soy hombre sin prejuicios, he probado nueva experiencia: me he apuntado a una moda. En concreto, me he apuntado a esa moda de los diez años del cambio, que así se explica: uno recupera aquella perdida –y mejor si es ridícula- foto del 2009, la une y compara a una del 2019 y la sube a Instagram o a Facebook. El propósito de esta novedad, sin embargo, no cambia. Es el propósito de cualquier moda: conseguir la complicidad, la mayor complicidad posible, de tus semejantes. Sentirte, entre tu especie, acogido. Yo también quiero sentirme parte de mi tiempo, y así he decidido comparar los últimos diez años de nuestra Semana Santa. A ver. Hace diez que se hablaba de llevar el pregón a Fibes, que en el teatro de la Maestranza no se cabía y que las entradas eran para los de siempre y que mejor un espacio abierto. Diez años después, seguimos en el tema, en el dilema y en el problema. Más. Hace diez años teníamos una Madrugada de botellón y de carreras en san Pablo. Diez años después, aunque más concienciados y preparados, el asunto sigue ahí, sin más solución que la de encomendarse al incierto “esperemos que no pase nada”. Otra. Hace diez se hablaba de reformar la carrera oficial. Diez años después, tras propuestas, se sigue hablando de la necesidad, de la urgente necesidad, de reformar la carrera oficial. Última. Hace diez años también decíamos que todo hecho fuera de lo habitual era histórico. Diez años después, seguimos en ese dogma. Con la gracia de que de lo histórico, rara vez nos acordamos. Y viendo comparaciones, tampoco de lo habitual.

LO QUE NOS DEJÓ LA INVESTIDURA ANDALUZA

De la investidura en Andalucía, tres capítulos: un Vox que empieza a perder la relevancia política que buscaba, un Adelante Andalucía sin apenas fuerza ni mediática ni ideológica y un PSOE que se ha permitido el lujo de caer en otro error. Por lo demás, la relación entre Partido Popular y Ciudadanos se consolida en un pacto donde todos, según gente cercana, han salido satisfechos. Entre ellos prevalecen la cordialidad y la sintonía, un entendimiento sobre las formas y sobre el fondo. Jamás dos nombres de la política española pensaron llegar tan lejos: ni Moreno Bonilla ni Juan Marín.

Ya cumplida la sorpresa de la alternancia –el cambio para los más optimistas, ya veremos-, otra sorprendente aunque previsible coyuntura se viene: la de un Vox que empieza, paulatino, a perder el ímpetu de su estridente discurso y a quedarse ajeno al mando de las instituciones. De las primeras exigencias del partido de la derecha nostálgica y reaccionaria, apenas queda: las movilizaciones feministas se manifestaron contra la nada: Andalucía, en materia de violencia doméstica, machista, de género –como se quiera según confesión- seguirá tal como anduvo hasta hoy. De las otras peticiones, pues necesitan de unas mayorías parlamentarias que hoy día ni imaginan: no se puede reformar el estado de las autonomías con unos pocos diputados ni pueden echar a esos 52000 inmigrantes ilegales que más que molestar, podrían contribuir –este artículo del profesor Manuel Hidalgo demuestra evidencias-. Nos queda un partido que, como han apuntado varios analistas, ha envejecido demasiado pronto. Lo que Podemos hizo en cuatro años, Vox lo ha recorrido en apenas cuatro meses.

Similar, por significativa insignificancia, resulta Adelante Andalucía, ese conglomerado de la izquierda populista, andalucista y romántica que lleva lo más adolescente de la izquierda y del andalucismo: la emoción de las letrillas populares de Carlos Cano y esa perezosa autocomplacencia del siempre andaluz derrotado que lucha contra la opresión de los otros. Fingen la postura incómoda y revolucionaria, pero en el fondo es la más sencilla, la más confortable: la de los pobrecitos por destino. Hablamos de un partido que son dos escisiones: de Podemos y del Partido Andalucista -sobre todo del Partido Andalucista de afinidad izquierdista, el mayoritario en los últimos años-. Sin propuestas interesantes, sin la capacidad de llamar la atención de su electorado –más importante aún en la táctica populista: la atención del electorado adversario-, Adelante Andalucía se queda en las instituciones con un discurso desfasado, ajeno a su tiempo, y sin socio con el que gobernar. Al menos ahí mantienen coherencia, y es de agradecer: nadie como ellos, sobre todo Teresa Rodríguez o Juan Moreno Yagüe, le hicieron oposición al PSOE.

Y ya sólo nos queda, como ellos solos se han quedado, un PSOE que con nombres como Susana Díaz o Verónica Pérez ha acudido al peor de los aliados en la derrota: la desesperación. En una estrategia que enseña sin pudor la peor cara de ese partido en Andalucía, han usado la causa feminista y el aumento de las simpatías respecto de la derecha radical como justificación de lo necesarios que son para todos los andaluces. No importan aquí las histriónicas medidas de Vox o el feminismo: lo que importa es usar esas causas, de las que saben de su apoyo social y mediático, para posicionarse a favor de esa mayoría aplaudida. Y así dar esa pretendida y cínica imagen de buenos. Todo con un rodeo al parlamento que hasta hace dos meses no hubiesen secundado: cuántas veces hemos visto a Susana Díaz declinando esa práctica populista. Y así de gris termina un partido que se creyó Andalucía: sin poder, sin socios y sin credibilidad.

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Cada año confirmo sospecha: los carteles de las semanas santas andaluzas tan sólo sirven para animar la conversación en los grupos de Whatsapp. Como uno siempre procura no ser menos, también di opinión –que es cosa gratuita- sobre ese cartel tan discutido, el de la Semana Santa de Málaga, donde dije que la idea es interesante pero la ejecución, pobre. Hay quien, generoso, apunta que ese cartel es “rompedor” porque combina “tradición” y “modernidad”. Contesté que “combinar tradición y modernidad” no es un mérito, pues casi todo, más aún en este tiempo de aceleración –el concepto es de Luciano Concheiro-, es tradición y es modernidad: lo nuevo y lo antiguo conviven desde que un hombre inventó el fuego y otro hombre inventó la rueda. Es más: ¿qué es moderno, un grafiti? ¿Qué es tradicional, una Virgen? Tiene debate: de qué año es la talla de la imagen que se retrata y qué vemos en la cueva de Altamira. También comenté que de rompedor, bueno, no mucho. Este cartel es un cuadro figurativo y costumbrista. Con las figuraciones y las costumbres de nuestro tiempo, vale, pero nada más. La corriente estética de los cuadros costumbristas de Jiménez Aranda y del autor malagueño es la misma, no hay ruptura. Sólo cambia el elemento: donde se pintaron toreros ahora se pintan grafitis urbanos. Terminé diciendo que rompedores serán Pérez Villalta o Rafael Laureano, quienes con propuestas estéticas originales y muy trabajadas demuestran personalidad y criterio en su pintura. Y así hasta el año que viene, donde volveré a ser pensador humanista y mis grupos de Whatsapp cofradieros, academias florentinas o algo por el estilo.

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Remasterizada, en las salas de cine, el próximo mes de febrero se estrenará –reestrenará- la película con la que Manuel Gutiérrez Aragón, Juan Lebrón y Carlos Colón –cuánta gravedad en los concatenados acentos de sus apellidos- les hablaron a un tiempo. Al tiempo de lo audiovisual, al tiempo de la tecnología en la pantalla. A un tiempo, es decir, a una generación, que empezaba a ver los rótulos de la Campana sobre los escaparates de Zara, grabados por las cámaras de la tele local. Un tiempo en el que empezaban a consultar el otro tiempo –lluvia- a AEMET antes de sacar nazarenos a la calle. Un tiempo en el que desaparecieron los hombres del muelle y entraron abogados y médicos y apellidos burgueses en las trabajaderas de los pasos. Vuelve la película que tomó, en su forma, en el medio, esa lengua de ese tiempo que hoy heredamos. Aunque la imagen, la historia interna, fuese la de siempre. Hay una genialidad en esa Semana Santa de Sevilla de Colón, Lebrón y Gutiérrez Aragón que no suele decirse: cuenta sin palabras. Sí: la película, hecha en la época de la comunicación digital de masas, habla sin hablar, sin el diálogo, con la sola imagen, la sucesión de estas. Ahora este paso, estas caídas del palio, por aquella calle; ahora la imagen de una ciudad en la noche del Jueves Santo; ahora la plaza de San Lorenzo sin apenas luces. Y todo sin palabra. No es necesaria la palabra para contar. Esa es la gran obra de esta obra que en febrero se reestrena: nos descubre virtud de la fiesta: a veces, en lo sublime, decir es limitar, porque en ese hecho sublime ya está todo dicho. Porque lleva en sí el idioma de lo inmenso.

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Remasterizada, en las salas de cine, el próximo mes de febrero se estrenará –reestrenará- la película con la que Manuel Gutiérrez Aragón, Juan Lebrón y Carlos Colón –cuánta gravedad en los concatenados acentos de sus apellidos- les hablaron a un tiempo. Al tiempo de lo audiovisual, al tiempo de la tecnología en la pantalla. A un tiempo, es decir, a una generación, que empezaba a ver los rótulos de la Campana sobre los escaparates de Zara, grabados por las cámaras de la tele local. Un tiempo en el que empezaban a consultar el otro tiempo –lluvia- a AEMET antes de sacar nazarenos a la calle. Un tiempo en el que desaparecieron los hombres del muelle y entraron abogados y médicos y apellidos burgueses en las trabajaderas de los pasos. Vuelve la película que tomó, en su forma, en el medio, esa lengua de ese tiempo que hoy heredamos. Aunque la imagen, la historia interna, fuese la de siempre. Hay una genialidad en esa Semana Santa de Sevilla de Colón, Lebrón y Gutiérrez Aragón que no suele decirse: cuenta sin palabras. Sí: la película, hecha en la época de la comunicación digital de masas, habla sin hablar, sin el diálogo, con la sola imagen, la sucesión de estas. Ahora este paso, estas caídas del palio, por aquella calle; ahora la imagen de una ciudad en la noche del Jueves Santo; ahora la plaza de San Lorenzo sin apenas luces. Y todo sin palabra. No es necesaria la palabra para contar. Esa es la gran obra de esta obra que en febrero se reestrena: nos descubre virtud de la fiesta: a veces, en lo sublime, decir es limitar, porque en ese hecho sublime ya está todo dicho. Lleva en sí el idioma de lo inmenso.