COPE

Remasterizada, en las salas de cine, el próximo mes de febrero se estrenará –reestrenará- la película con la que Manuel Gutiérrez Aragón, Juan Lebrón y Carlos Colón –cuánta gravedad en los concatenados acentos de sus apellidos- les hablaron a un tiempo. Al tiempo de lo audiovisual, al tiempo de la tecnología en la pantalla. A un tiempo, es decir, a una generación, que empezaba a ver los rótulos de la Campana sobre los escaparates de Zara, grabados por las cámaras de la tele local. Un tiempo en el que empezaban a consultar el otro tiempo –lluvia- a AEMET antes de sacar nazarenos a la calle. Un tiempo en el que desaparecieron los hombres del muelle y entraron abogados y médicos y apellidos burgueses en las trabajaderas de los pasos. Vuelve la película que tomó, en su forma, en el medio, esa lengua de ese tiempo que hoy heredamos. Aunque la imagen, la historia interna, fuese la de siempre. Hay una genialidad en esa Semana Santa de Sevilla de Colón, Lebrón y Gutiérrez Aragón que no suele decirse: cuenta sin palabras. Sí: la película, hecha en la época de la comunicación digital de masas, habla sin hablar, sin el diálogo, con la sola imagen, la sucesión de estas. Ahora este paso, estas caídas del palio, por aquella calle; ahora la imagen de una ciudad en la noche del Jueves Santo; ahora la plaza de San Lorenzo sin apenas luces. Y todo sin palabra. No es necesaria la palabra para contar. Esa es la gran obra de esta obra que en febrero se reestrena: nos descubre virtud de la fiesta: a veces, en lo sublime, decir es limitar, porque en ese hecho sublime ya está todo dicho. Porque lleva en sí el idioma de lo inmenso.

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