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Ahora que Antonio Machado cumple aniversario, una curiosidad: la de su conocido poema, La Saeta. La Saeta es un poema escuchado y conocido, pero no sé si del todo entendido. Como bien indica Antonio Burgos en un artículo publicado en ABC, la Saeta no es un poema folclórico, de cofradías, sino un poema que rechaza, o al menos cuestiona, ese folclore cofradiero. La última estrofa, que no puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero sino al que anduvo en el mar, es clave para comprender el poema, para interpretar su sentido. Aquí Machado prefiere al Dios desprovisto de la tortura de la pasión y de, se entiende, la connotación folclórica y un tanto tribal, que es rasgo de la Semana Santa de Sevilla: sin la estética de la flor, la madera trabajada y los materiales preciosos. La Saeta es un poema que declina la costumbre local, la manera en que Sevilla prepara y manifiesta su Semana Santa. Machado no buscaba el homenaje, el elogio, el reconocimiento entusiasta de cancioncilla pregonera, sino emitir una sutil –y moderada, tampoco es que esto sea un libelo anticlerical- animadversión hacia las tradiciones católicas de Andalucía. Y en todo este contexto, qué curioso, cada vez que una agrupación musical interpreta la Saeta, muchos son los aplausos, venga izquierdo, venga sobre los pies, del público. Un público que está escuchando una interpretación mal interpretada; y que aplaude una letra que cuestiona lo que ellos aplauden. Como si detrás de La Paz nos pusiéramos a cantar La Macarena. Más o menos.

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En la noche del pasado domingo, dos chavalas de edad adolescente cometieron algo que se suele cometerse en esas edades: un error. Una gamberrada. La de pintar en la fachada de la iglesia de san Martín el consabido lema de que la única iglesia que ilumina es la que arde. Suele ser frase habitual en pintadas que tan sólo sirven para molestar y provocar claras animadversiones, como otras consignas recurrentes: arderéis como en el 36 y demás. A la mañana siguiente, en tuiter, empezaron a pasarse las fotos de las jóvenes, prácticamente niñas, con su cara descubierta y pintando con su spray en los muros de la parroquia. Fue entonces cuando aquellos que pedían tolerancia y respeto hacia sus creencias, y que esa gamberrada tuviera sanción, incurrieron en una conducta que ellos mismos decían que debía evitarse y castigarse: mensajes de odio proliferaban en los tuits en los que aparecían las fotos de las dos adolescentes. Pasados los días nos enteramos de que ellas mismas se presentaron con sus madres –serán incluso menores- en la policía, y que ambas estaban arrepentidas. Supongo que es así. Supongo que aquello no pasaba de una travesura de la que, por edad, por formas, no sabrían muy bien qué estaban haciendo, mucho menos diciendo. A ellas, la administración, que tiene recursos, les exigirá la sanción pertinente y tomará medidas. Así aprenderán: están a tiempo. Los que no sé si aprenderán son esos que, adultos, no distinguen la imprudencia adolescente del consciente acto visceral. Y peor quienes exigen a los demás conductas que ellos mismos no demuestran. Y peor quienes, sin estar libres de pecado, tiran el primer tuit.

PREMIO BIBLIOTECA BREVE: DE ELVIRA SASTRE Y MÁS

Entre críticos, periodistas y escritores –y más gente de las letras- se ha manifestado una reacción general de asombro y de perplejidad desde que la pasada semana se supiera el nombre del Premio Biblioteca Breve de este año. Las reacciones, en privado muchas y en público no tantas, han mantenido ese tono de discrepancia –o sorpresa- respecto de la decisión del jurado. La ganadora, Elvira Sastre, es una autora joven –de mi década de los noventa- que ha publicado una poesía con seguidores pero que, al criterio de muchos, adolece de desahogos sentimentales y de adolescente testimonio de emociones. Yo leí a Sastre en la primavera de 2016, cuando, con tan sólo dos libros en la calle, le publicaron una antología en la editorial Valparaíso. Entonces vi a la misma poeta que hacía no mucho triunfaba en Youtube: detrás de la cáscara sentimental no se encontraba nada interesante. Ahí no se podía leer más que con el corazón, y no con la cabeza. Una lectura que, pasados los años de la pubertad, a cualquiera le resulta previsible, circunstancial y anodina.

Creo que fue Borges quien escribió que la escritura es ver el asombro donde otros ven la costumbre. Elvira Sastre domina la costumbre –ahí se nota que ha leído, a diferencia de otra poesía de cantautor pop de nuestra generación-, pero no desde el asombro sino desde la declaración, y no más, de emociones. Su poesía, más allá de nimias cuestiones generacionales, no se distancia de Gabriel y Galán, de León Felipe o de Celaya; un estilo donde siempre importa más lo testimonial que la intención y el trabajo de la expresión, de la palabra y de otros criterios formales. Sí: lo que siempre se ha considerado con la vaga –como todas- etiqueta de poesía popular. Una poesía que tiene seguidores, admiradores y gente que hace cincuenta años iba a los recitales folclóricos y hoy sube las visitas de una cuenta de Instagram.

Esa capacidad de congregar público en torno a la autora es importante a la hora de comprender otro motivo del desencanto, del estupor, en el mundo literario. Muchos apuntan que el criterio que el jurado del Biblioteca Breve ha seguido no es de la calidad de la obra sino el de la cantidad de libros que se venderán con esa obra. Es probable que sea una opinión fundamentada: la editorial da el premio, pero también, en esa operación de marketing, se lo da a sí misma. Desde que se crearan los primeros premios literarios –en consonancia con un mercado que iba creciendo-, algunos críticos han señalado casos similares muy conocidos, como el del boom, y otros menos famosos, como el de los narraluces.

Aunque estos críticos de Elvira Sastre puedan estar en lo cierto, se olvidan de un detalle que por exceso de idealismo a la literatura buena quizá obvian: el mecanismo que el mundo editorial ha depositado sobre ella no es muy distinto al de otros autores de mayor prestigio. Donde siempre, si no se mira el pedigrí de la venta, sí se tienen en cuenta factores ajenos a la literatura, como el estilo personal o el pensamiento del autor. O las relaciones que pueda tener. O la reputación que lleve en su trayectoria. O de qué se hable en la obra, si esta dirá algo a un público que busca leer ese algo. Es una ingenuidad pensar que un premio se gana, o que una editorial publica tu libro, por el hecho de presentar un excelente manuscrito.

De las reacciones al Biblioteca Breve, también ha sido interesante leer cómo ha respondido la prensa cultural. Donde tantos artículos se han escrito sobre la decadencia de la literatura, vendida al criterio mercantilista y al balance de situación, pero donde pocas veces se rastrea en busca de nuevos autores jóvenes. Los cuales, por esa insistente crítica manida –que no busca valorar sino publicitarse ante el ágora de la cultura como gente leída-, pierden proyección y posibles lectores. Quien quiera conocerlos, algunos nombres: Juan Vico, Silvia Terrón o Cristian Crusat.

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Sé que es una despedida, aunque no vayamos a despedirnos. La contradicción suele ocurrir con quien deja huella en la vida personal y en la vida de la profesión. Se va, bueno, y se le dice adiós, vale, pero es una adiós a medias, pues lo más probable es que nos encontremos: siempre quedará, indeleble, con el tiempo que vaya sucediéndose, esa huella. Una huella que para mí es la del rigor y la del magisterio. El magisterio de quien te coge un Domingo de Ramos, sin apenas conocerte de nada, tan sólo de escuchas, y te sienta delante de un micrófono, y sin condescendencia ni soberbias te da pistas –cuántas veces- de qué es el periodismo, y te deja la libertad –esa categoría intrínseca al oficio periodístico- de tu palabra, de tus ideas, de tu criterio. El magisterio de quien conoce en profundidad el trabajo de contar esa fiesta tan compleja y tan inmensa, esa fiesta tan, así es, inenarrable. Y sin pretenciosidades ni cursilerías, y sin sensacionalismos ni clichés, sin la impostura y el folclore sentimental. Ahora que te despides, Pedro Domínguez, tan sólo quiero dejar por escrito lo que tantas veces he pensado, lo que en tantas ocasiones ha ido dentro de mí: cuánto me has enseñado, cuánto he aprendido contigo de este oficio. Y lo más importante, que no es la destreza del trabajo sino sus valores: entre ellos, el de una persona noble. Por eso sé que, aunque hablemos de despedida, no vamos a despedirnos. Porque gente así siempre se queda en los buenos recuerdos. Que son ese talón que con el peso de una cruz, aún se impulsa. Y ayudan a caminar. En ese camino, de una forma u otra, nos veremos.