COPE

Sé que es una despedida, aunque no vayamos a despedirnos. La contradicción suele ocurrir con quien deja huella en la vida personal y en la vida de la profesión. Se va, bueno, y se le dice adiós, vale, pero es una adiós a medias, pues lo más probable es que nos encontremos: siempre quedará, indeleble, con el tiempo que vaya sucediéndose, esa huella. Una huella que para mí es la del rigor y la del magisterio. El magisterio de quien te coge un Domingo de Ramos, sin apenas conocerte de nada, tan sólo de escuchas, y te sienta delante de un micrófono, y sin condescendencia ni soberbias te da pistas –cuántas veces- de qué es el periodismo, y te deja la libertad –esa categoría intrínseca al oficio periodístico- de tu palabra, de tus ideas, de tu criterio. El magisterio de quien conoce en profundidad el trabajo de contar esa fiesta tan compleja y tan inmensa, esa fiesta tan, así es, inenarrable. Y sin pretenciosidades ni cursilerías, y sin sensacionalismos ni clichés, sin la impostura y el folclore sentimental. Ahora que te despides, Pedro Domínguez, tan sólo quiero dejar por escrito lo que tantas veces he pensado, lo que en tantas ocasiones ha ido dentro de mí: cuánto me has enseñado, cuánto he aprendido contigo de este oficio. Y lo más importante, que no es la destreza del trabajo sino sus valores: entre ellos, el de una persona noble. Por eso sé que, aunque hablemos de despedida, no vamos a despedirnos. Porque gente así siempre se queda en los buenos recuerdos. Que son ese talón que con el peso de una cruz, aún se impulsa. Y ayudan a caminar. En ese camino, de una forma u otra, nos veremos.

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