PREMIO BIBLIOTECA BREVE: DE ELVIRA SASTRE Y MÁS

Entre críticos, periodistas y escritores –y más gente de las letras- se ha manifestado una reacción general de asombro y de perplejidad desde que la pasada semana se supiera el nombre del Premio Biblioteca Breve de este año. Las reacciones, en privado muchas y en público no tantas, han mantenido ese tono de discrepancia –o sorpresa- respecto de la decisión del jurado. La ganadora, Elvira Sastre, es una autora joven –de mi década de los noventa- que ha publicado una poesía con seguidores pero que, al criterio de muchos, adolece de desahogos sentimentales y de adolescente testimonio de emociones. Yo leí a Sastre en la primavera de 2016, cuando, con tan sólo dos libros en la calle, le publicaron una antología en la editorial Valparaíso. Entonces vi a la misma poeta que hacía no mucho triunfaba en Youtube: detrás de la cáscara sentimental no se encontraba nada interesante. Ahí no se podía leer más que con el corazón, y no con la cabeza. Una lectura que, pasados los años de la pubertad, a cualquiera le resulta previsible, circunstancial y anodina.

Creo que fue Borges quien escribió que la escritura es ver el asombro donde otros ven la costumbre. Elvira Sastre domina la costumbre –ahí se nota que ha leído, a diferencia de otra poesía de cantautor pop de nuestra generación-, pero no desde el asombro sino desde la declaración, y no más, de emociones. Su poesía, más allá de nimias cuestiones generacionales, no se distancia de Gabriel y Galán, de León Felipe o de Celaya; un estilo donde siempre importa más lo testimonial que la intención y el trabajo de la expresión, de la palabra y de otros criterios formales. Sí: lo que siempre se ha considerado con la vaga –como todas- etiqueta de poesía popular. Una poesía que tiene seguidores, admiradores y gente que hace cincuenta años iba a los recitales folclóricos y hoy sube las visitas de una cuenta de Instagram.

Esa capacidad de congregar público en torno a la autora es importante a la hora de comprender otro motivo del desencanto, del estupor, en el mundo literario. Muchos apuntan que el criterio que el jurado del Biblioteca Breve ha seguido no es de la calidad de la obra sino el de la cantidad de libros que se venderán con esa obra. Es probable que sea una opinión fundamentada: la editorial da el premio, pero también, en esa operación de marketing, se lo da a sí misma. Desde que se crearan los primeros premios literarios –en consonancia con un mercado que iba creciendo-, algunos críticos han señalado casos similares muy conocidos, como el del boom, y otros menos famosos, como el de los narraluces.

Aunque estos críticos de Elvira Sastre puedan estar en lo cierto, se olvidan de un detalle que por exceso de idealismo a la literatura buena quizá obvian: el mecanismo que el mundo editorial ha depositado sobre ella no es muy distinto al de otros autores de mayor prestigio. Donde siempre, si no se mira el pedigrí de la venta, sí se tienen en cuenta factores ajenos a la literatura, como el estilo personal o el pensamiento del autor. O las relaciones que pueda tener. O la reputación que lleve en su trayectoria. O de qué se hable en la obra, si esta dirá algo a un público que busca leer ese algo. Es una ingenuidad pensar que un premio se gana, o que una editorial publica tu libro, por el hecho de presentar un excelente manuscrito.

De las reacciones al Biblioteca Breve, también ha sido interesante leer cómo ha respondido la prensa cultural. Donde tantos artículos se han escrito sobre la decadencia de la literatura, vendida al criterio mercantilista y al balance de situación, pero donde pocas veces se rastrea en busca de nuevos autores jóvenes. Los cuales, por esa insistente crítica manida –que no busca valorar sino publicitarse ante el ágora de la cultura como gente leída-, pierden proyección y posibles lectores. Quien quiera conocerlos, algunos nombres: Juan Vico, Silvia Terrón o Cristian Crusat.

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