COPE

En la noche del pasado domingo, dos chavalas de edad adolescente cometieron algo que se suele cometerse en esas edades: un error. Una gamberrada. La de pintar en la fachada de la iglesia de san Martín el consabido lema de que la única iglesia que ilumina es la que arde. Suele ser frase habitual en pintadas que tan sólo sirven para molestar y provocar claras animadversiones, como otras consignas recurrentes: arderéis como en el 36 y demás. A la mañana siguiente, en tuiter, empezaron a pasarse las fotos de las jóvenes, prácticamente niñas, con su cara descubierta y pintando con su spray en los muros de la parroquia. Fue entonces cuando aquellos que pedían tolerancia y respeto hacia sus creencias, y que esa gamberrada tuviera sanción, incurrieron en una conducta que ellos mismos decían que debía evitarse y castigarse: mensajes de odio proliferaban en los tuits en los que aparecían las fotos de las dos adolescentes. Pasados los días nos enteramos de que ellas mismas se presentaron con sus madres –serán incluso menores- en la policía, y que ambas estaban arrepentidas. Supongo que es así. Supongo que aquello no pasaba de una travesura de la que, por edad, por formas, no sabrían muy bien qué estaban haciendo, mucho menos diciendo. A ellas, la administración, que tiene recursos, les exigirá la sanción pertinente y tomará medidas. Así aprenderán: están a tiempo. Los que no sé si aprenderán son esos que, adultos, no distinguen la imprudencia adolescente del consciente acto visceral. Y peor quienes exigen a los demás conductas que ellos mismos no demuestran. Y peor quienes, sin estar libres de pecado, tiran el primer tuit.

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