COPE

El cartel de Manolo Cuervo en la Macarena no es la previsible entrega de la aburrida estampita, como escribía Grosso, ni tampoco la pretenciosa modernidad que tiene origen en el complejo de que somos caspa y grasita. En el primer estilo, que es alabado por aquellos que valoran el arte según el gusto, predomina el epígono, la copia descarada; en el segundo, que aparenta ser otra cosa pero que no es más que idéntica respuesta, abunda la pirueta vanguardista, que suele tener más de vanguardia por el nombre y por las intenciones que por el resultado. Pero quienes conocen el arte defienden, con buenos argumentos, que aquel será siempre una suma de esos nombres, y de esas intenciones pero, también, de resultados. De que la obra tenga un sentido y una justificación –aquí interviene la técnica-, y esta a su vez transmita y diga –aquí interviene la creatividad-. El cartel de Manolo Cuervo despacha cualidades de esa técnica y de esa creatividad. El color, tan cálido, tan intenso, es sensación de lo que evoca una imagen como la de la Macarena, que puede ser filia o puede ser fobia, pero que siempre es energía, viveza, eclosión. Y el retrato a la manera de Warhol, como una Marilyn de nuestra sociedad, con toda la interesante lectura que se propone. La pintura, aquí, traslada un significado, explica el hecho, narra lo que algunos habrán vivido. Ahí es donde está el virtuosismo, ahí está la diferencia entre el pintor amateur y el artista total. A Manolo Cuervo le sobran las etiquetas de moderno o de vanguardista, es mucho más: es alguien que ha dicho casi todo en una imagen que dice tanto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *