COPE

El 11 de septiembre de este año se hará aniversario de la muerte de Juan Sierra. Treinta años desde que el poeta muriera en aquellas últimas semanas del verano de 1989, el Barrio León, la ceguera. Como Rafael Porlán o Adriano del Valle o Romero Murube, Sierra anduvo entre el neopopularismo lorquiano, metáfora, símbolo y sencillez expresiva, y las diferentes corrientes de eso que llamamos las vanguardias, que tan pronto envejecieron. Con ese estilo, con esa dicotomía, ya tendría ganada, al menos, la curiosidad de los nuestros. Pero Juan Sierra, además de escribir tan sólo cuatro libros y una recopilación de artículos publicados en prensa, limitó demasiado el tema de su poesía, lo que puede despistar. Es cierto que se le ha leído muy poco y se le recuerda menos, pero no es menos cierto que se le ha leído muy mal. Es una coyuntura habitual entre los de su generación, la que algunos consideran escisión y quizá sea suma o complemento, la generación de Mediodía, ese 27 sevillano. A ellos les sucedió que, al centrar el tema de la obra en su ciudad natal, algunos la confunden con el costumbrismo folclórico, con el tipismo del octosílabo pregonero. Sierra gusta no por cómo resuelve formalmente su poesía sino porque habla de hermandades y, a su vez, no interesa no por cómo resuelve su poesía sino porque habla de hermandades. Ni unos ni otros se enteran de nada. El poema del Cristo del Calvario no es bueno o malo, no interesa o deja de interesar, por lo que trata sino por cómo lo trata. Que treinta años después lo leamos no con los ojos del gusto sino del criterio. Y sin prejuicio. Mejor homenaje, pocos.

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