LOS QUE GOBIERNAN Y LOS QUE GANAN

Casi todos los analistas y periodistas centraban, antes del día de ayer, el enfoque en Vox, la novedad populista de la derecha. Se han escritos muchos artículos intentando explicar el fenómeno, se ha debatido sobre ellos en las televisiones (aquel esperpéntico e innecesario debate sobre las armas) y se han publicado libros, ensayos, conversaciones. Aunque todo esto ha ocurrido hace escasas semanas, en el partido de Abascal hablaron de un deliberado veto por parte de los medios de comunicación. Asombra.

Y aunque la cobertura mediática ha sido considerable (desde los inicios de Podemos no se había visto nada parecido, en cuanto a la atención), Vox queda desinflado, sin cumplir las expectativas torpemente (o no) generadas por la reacción de muchos de sus adversarios. En las encuestas, en los mítines, en tuiter y en la calle pronosticaron un número de escaños muy superior al que han logrado. Ortega Smith, con tono y maneras de speaker de un campo de fútbol, habló a sus simpatizantes de ser la resistencia, de ir contra la dictadura progre (todo populismo necesita de un enemigo que es ficticio pero que todos identifican sin pensar demasiado) y de que van a representar a quienes estaban olvidados. Dijo que ellos eran la resistencia (otro inconfundible rasgo del método populista, además de ir a la contra sin mayor intención propositiva, es definirse como un sujeto de tintes heroicos). En la voz estaba nervioso, decepcionado, tratando de disimular lo que era un evidente fracaso.

El otro partido que tampoco cumplió expectativas, aunque hiciera leve crítica del hecho, fue Unidas Podemos, con Iglesias y Garzón evitando las respuestas categóricas a los periodistas y dando rodeos sobre decisiones de pactos, aunque se puedan intuir. Un partido que ha perdido casi la mitad de los escaños, que ya no genera debate ni ocupa el lugar que hace poco más de un par de años tuvo en la política nacional, hablaba, con cierta ambigüedad, de haber conseguido metas, objetivos. Es lógico que buena parte de su electorado, sobre todo el que pudo darles posibilidad de gobierno, haya dejado de creer en un proyecto político que no ha cumplido ni una sola de las propuestas que en un principio pensamos que llevaba; Podemos se ha convertido en un partido más de la izquierda anticapitalista, como pudo serlo en su día Izquierda Unida. Eso, más decisiones contradictorias con su ideario y peleas internas que dieron imagen de debilidad en el liderazgo –que cuestionaron el liderazgo- de Iglesias, ha llevado al partido a una cuarta fuerza que queda lejos de lo que un día fue.

Hablaban los tertulianos de un bloque de izquierdas, vencedor, y de un bloque de derechas, perdedor. Pero lo que quizá queda retratado es un bloque de moderados, ganador, y un bloque de populistas y de reaccionarios, perdedor. Es cierto que estos últimos, como en su día los nacionalistas de siempre –ya sea pacto con el PP de Aznar o con el PSOE de Zapatero-, serán decisivos para alcanzar gobierno. Pero siempre supeditados a partidos cuyos votantes no han elegido discursos excluyentes, maniqueos o populistas.

Quizá sea pecado de optimismo, pero de estas elecciones de 2019, de su resultado, podríamos decir que el viralismo de tuiter no es indicativo de los intereses de la sociedad. Y que la moderación es el tono general que en esta prevalece. No han ganado los que hacen oposición a los que se arrodillan ante la dictadura progre ni los que cacarean que esta España podía estar gobernada por un Partido Popular y un Ciudadanos que, cuando menos, son los herederos legítimos del Movimiento Nacional.

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Ellos fueron los reyes del Martes Santo y de la viralidad tuitera, del mensaje que todos compartimos en guasap para triunfar de graciosos con las amistades ociosas. Para ellos, para estos chavales del sentimiento exagerado de la vida –o hiperbólico, como dicen ahora los analistas de la política nacional-, se les echó el barrio a la calle y media España con parte de la otra. Lo habrá visto: en las calles del Cerro del Águila, en la salida de la Virgen de los Dolores, Dolores, guapa, unos pocos chavales gritan y lloran sin pudor ante el paso de la Imagen. Ante la Imagen de una imagen, esta en minúscula, que es la huella de un tiempo. Del tiempo de la apariencia impostada ante la cámara del móvil, del artificio emocional plastificado de una fotografía de Instagram, de la búsqueda de la atención, ya sea mediante el like o el precio del ridículo. En esos chavales, que copian conductas extendidas en la flora cofrade de la provincia de Sevilla, está el signo de unos años. Se asemejan a esas personas que protestan en las bullas por las maneras incívicas del resto. Pero no por afear ese incivismo, sino por quedar ellos por encima, para que todos, los demás de esa bulla, comprueben la moral impoluta de la que se presume. Como tantas veces hacemos en nuestros apuntes políticos en tuiter, donde no queremos aportar sino que otros vean que aportamos. El resultado de la impostura: la fiesta sin más contenido que el meme viral, la fiesta sin mayor dimensión que el hazmerreír del resto, la fiesta que parece viva, extasiada, pero que está vacía, y es pobre.

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Del pasado Domingo de Pasión, dos tiempos: la mañana y la tarde. En la mañana fue el pregón, el pregón de Charo Padilla, de quien todos coincidieron en que fue “el pregón de la calle”. Lo que no sé, por lo que charlamos al salir, en la puerta del teatro, es si esa calle hizo suyo el pregón. Allí no dio esa impresión. Más de una señora abriendo el móvil y mirando Whatsapp, más de un diputado de formación pensando en el piripi de Antonio Romero y más de un prioste repasando la lista de tareas pendientes en el besamanos de su hermandad. Comentarios honestos y sin micros, al salir: psss, tuvo momentos; es su vida, está bien, pero, no sé;  se me ha hecho un poco pesado. Y eso. Después, segundo tiempo: la tarde, la tarde de la lluvia y de la humedad, el mármol de la parroquia encharcado. En la tarde del pregón ocurre, todos los años, que vuelves a reencontrarte con esa gente que conoces, y te conocen, sin conocer. Esa gente de la que dices “siempre las mismas caras, qué pereza”. Son personas que han sido otros y que eres tú y que siempre vuelven a casa por Cuaresma. Son esos amigos tan de las fiestas locales, de los días de bullicio, esos amigos localistas que están siempre en la sospecha. El saludo tímido en el mejor de los casos, la mirada cómplice pero distante en la mayoría. Y al terminar la tarde, llegar a casa. Quitarte la ropa arreglada y culminar con ese momento tan placentero como poco contado: cuando te rascas la marca de los calcetines, la de la pantorrilla. La próxima vez que lo hagas, ay, doble gustito: será Domingo de Ramos.

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Nunca subieron a un atril y no proliferan entre las relaciones clientelares del capilleo, consecuencia: su obra apenas se conoce, aunque sean mejores poetas que tantos nombres conocidos y reconocidos. Hablo de una nómina ajena a los cenáculos cofradieros y que escribieron de cofradías como no lo han hecho los pregoneros oficiales y los profesionales del sentimentalismo kitsch del griterío ripioso. Son escritores –escritoras también- que se acercaron y se acercan a la Semana Santa de Sevilla con una mirada tan solvente como discreta –el sinónimo de la elegancia-, sin compadreos con juntas de gobierno ni relaciones interesadas entre diputados de tal y hermanos mayores. Podríamos decir de Javier Salvago, con su poema al Jueves Santo, o Víctor Jiménez, contando San Bernardo, o Jacobo Cortines y su Madrugada, o Juan Lamillar o Lutgardo García. Podríamos decir, qué imágenes y qué tema, la fe de Manuel Mantero o también Eva Cervantes o María Sanz. Escritores que vieron la celebración desde el buen hacer del oficio y el ánimo de contribuir con obra, no de contribuirse a sí mismos cultivando la vanidad a costa de una fiesta que congrega público. Aunque honesto y elegante, el resultado de esa decisión es, y quizá una mejor labor de divulgación sería conveniente –como la del doctor Francisco de la Puente sobre Juan Sierra-, un pasotismo por parte de quienes están vinculados con las hermandades y, por tanto, nula capacidad de valorar lo que estos nombres han dado a la fiesta. Todo esto, sí, en la semana del pregón. Donde siempre vamos con la intención de que algo cambie. Excepciones, aunque pocas, las ha habido.