COPE

Nunca subieron a un atril y no proliferan entre las relaciones clientelares del capilleo, consecuencia: su obra apenas se conoce, aunque sean mejores poetas que tantos nombres conocidos y reconocidos. Hablo de una nómina ajena a los cenáculos cofradieros y que escribieron de cofradías como no lo han hecho los pregoneros oficiales y los profesionales del sentimentalismo kitsch del griterío ripioso. Son escritores –escritoras también- que se acercaron y se acercan a la Semana Santa de Sevilla con una mirada tan solvente como discreta –el sinónimo de la elegancia-, sin compadreos con juntas de gobierno ni relaciones interesadas entre diputados de tal y hermanos mayores. Podríamos decir de Javier Salvago, con su poema al Jueves Santo, o Víctor Jiménez, contando San Bernardo, o Jacobo Cortines y su Madrugada, o Juan Lamillar o Lutgardo García. Podríamos decir, qué imágenes y qué tema, la fe de Manuel Mantero o también Eva Cervantes o María Sanz. Escritores que vieron la celebración desde el buen hacer del oficio y el ánimo de contribuir con obra, no de contribuirse a sí mismos cultivando la vanidad a costa de una fiesta que congrega público. Aunque honesto y elegante, el resultado de esa decisión es, y quizá una mejor labor de divulgación sería conveniente –como la del doctor Francisco de la Puente sobre Juan Sierra-, un pasotismo por parte de quienes están vinculados con las hermandades y, por tanto, nula capacidad de valorar lo que estos nombres han dado a la fiesta. Todo esto, sí, en la semana del pregón. Donde siempre vamos con la intención de que algo cambie. Excepciones, aunque pocas, las ha habido.

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