COPE

Del pasado Domingo de Pasión, dos tiempos: la mañana y la tarde. En la mañana fue el pregón, el pregón de Charo Padilla, de quien todos coincidieron en que fue “el pregón de la calle”. Lo que no sé, por lo que charlamos al salir, en la puerta del teatro, es si esa calle hizo suyo el pregón. Allí no dio esa impresión. Más de una señora abriendo el móvil y mirando Whatsapp, más de un diputado de formación pensando en el piripi de Antonio Romero y más de un prioste repasando la lista de tareas pendientes en el besamanos de su hermandad. Comentarios honestos y sin micros, al salir: psss, tuvo momentos; es su vida, está bien, pero, no sé;  se me ha hecho un poco pesado. Y eso. Después, segundo tiempo: la tarde, la tarde de la lluvia y de la humedad, el mármol de la parroquia encharcado. En la tarde del pregón ocurre, todos los años, que vuelves a reencontrarte con esa gente que conoces, y te conocen, sin conocer. Esa gente de la que dices “siempre las mismas caras, qué pereza”. Son personas que han sido otros y que eres tú y que siempre vuelven a casa por Cuaresma. Son esos amigos tan de las fiestas locales, de los días de bullicio, esos amigos localistas que están siempre en la sospecha. El saludo tímido en el mejor de los casos, la mirada cómplice pero distante en la mayoría. Y al terminar la tarde, llegar a casa. Quitarte la ropa arreglada y culminar con ese momento tan placentero como poco contado: cuando te rascas la marca de los calcetines, la de la pantorrilla. La próxima vez que lo hagas, ay, doble gustito: será Domingo de Ramos.

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