COPE

Ellos fueron los reyes del Martes Santo y de la viralidad tuitera, del mensaje que todos compartimos en guasap para triunfar de graciosos con las amistades ociosas. Para ellos, para estos chavales del sentimiento exagerado de la vida –o hiperbólico, como dicen ahora los analistas de la política nacional-, se les echó el barrio a la calle y media España con parte de la otra. Lo habrá visto: en las calles del Cerro del Águila, en la salida de la Virgen de los Dolores, Dolores, guapa, unos pocos chavales gritan y lloran sin pudor ante el paso de la Imagen. Ante la Imagen de una imagen, esta en minúscula, que es la huella de un tiempo. Del tiempo de la apariencia impostada ante la cámara del móvil, del artificio emocional plastificado de una fotografía de Instagram, de la búsqueda de la atención, ya sea mediante el like o el precio del ridículo. En esos chavales, que copian conductas extendidas en la flora cofrade de la provincia de Sevilla, está el signo de unos años. Se asemejan a esas personas que protestan en las bullas por las maneras incívicas del resto. Pero no por afear ese incivismo, sino por quedar ellos por encima, para que todos, los demás de esa bulla, comprueben la moral impoluta de la que se presume. Como tantas veces hacemos en nuestros apuntes políticos en tuiter, donde no queremos aportar sino que otros vean que aportamos. El resultado de la impostura: la fiesta sin más contenido que el meme viral, la fiesta sin mayor dimensión que el hazmerreír del resto, la fiesta que parece viva, extasiada, pero que está vacía, y es pobre.

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