COPE

Cuando vea la Virgen de los Ángeles, quizá nos pongamos impostados, estupendos, eruditos, y digamos que en ese palio está Bizancio y toda la evocación del Oriente helenístico, del arte paleocristiano, que ahí va un poco de Santa Sofía en Estambul y otro tanto de la pintura de Giotto, del Quatrocento en Florencia. Pero por encima de siglos, por encima de obras de arte y de los nombres sin muerte, lo que importa es que en ese palio recuerdo a José Manuel Fernández, sacristán de san Roque, el hombre al que en la burocracia le pidieron los papeles de la empresa y al día siguiente apareció con la Biblia en la ventanilla del funcionario.  Cuando vea a la Virgen de los Ángeles camino del centro, conmigo irá la calle Recaredo número 17, donde viví hasta la pubertad; e irán partidos de fútbol en el patio de vecinos, balón del Mundial del 2002, primeras sudaderas Quicksilver, el dejar los legos de Star Wars a un lado porque me ha dicho que a ella le gustas; y tardes de llamar al porterillo para preguntar por el amigo, que entonces ni Whatsapp ni móvil (aún quedaban lejanos el Messenger y el dame un toque de la adolescencia). Hay hermandades que más que un nombre, más que una imagen, son la vida de uno. Hecho del que interesa escribir porque casi siempre es la de todos. Todos tenemos esa hermandad que lleva en sí parte de nuestra memoria, de nuestros recuerdos. Y ahí, supongo, está el sentido, la respuesta, de cuando nos preguntamos de qué va esto.

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