COPE

Todos hemos sido ellos, y ellos han sido nosotros. Son los amigos que conocemos sin conocer, esos extraños conocidos que nos encontramos en la bulla de la cofradía de glorias, y en la presentación del cartel de la fiesta, y en el tapeo que la hermandad ofrece tras la conferencia de un amigo en común. Gente que nos suena de cara, gente que nos suena de pandillas y de cenáculos capillitas; gente que sabemos quiénes son aunque nunca nos hayan presentado y con la que nos delatamos en el elocuente saludo de una mirada más o menos sospechosa y más o menos cómplice. Yo me encuentro en estos domingos de Virgen de la Alegría o de Virgen de la Salud con los amigos periodistas, me encuentro con Mario Daza y con Pablo Lastrucci, cómo no encontrarse con quien siempre está buscando algo: la información, la mirada, el programa. Y entre saludos, esos extraños conocidos, esos amigos de la bulla, esos amigos que conocemos aunque aún nadie lo sepa en esta ciudad que ahora es, más bien, pueblo. El inconveniente de estos compañeros del crimen es que nunca mides cuánto saben de ti, que de tanto conocer sin conocerse vienen los prejuicios, las ideas preconcebidas y esas cosas. Luego se irán, y te irás, y ya nada hasta la próxima cofradías de glorias en la calle, o el próximo corpus, o la próxima carreta, o la próxima exposición en el Mercantil. Y así, de próximo en próximo, os iréis viendo mientras os ve otro que siempre conoce y, a su vez, olvida: el tiempo, que pasa, que no vuelve.

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