UN HOMBRE QUE VE Y QUE ESCUCHA

Siguiendo ese estilo tan suyo de libros sin género, sin una clasificación convencional, viene José Mateos con El ojo que escucha, una recopilación de reflexiones, divagaciones y sentencias. Similar a lo que ya nos ofreciera en Un año en la otra vida o Un mundo miniatura, el escritor jerezano descifra con palabra y con pensamiento, tan personal, tan interesante, diferentes disciplinas artísticas. Nos habla de la música, de la pintura y de la poesía. Y también de nociones generales como la crítica posmoderna –ese adjetivo tan resbaladizo- o el arte de hoy día, más moderno que contemporáneo.

Las ideas que el autor expone, de ecos neoplatónicos y con claras influencias de la doctrina cristiana, apuntan a un idealismo crítico con la sociedad de hoy, cuyo sentido humanista ha perdido a base de predicar un credo donde el dinero, la baja pasión hedonista y el mercantilismo ocupan el centro, acaparan todo interés. Así leemos en unos párrafos del primer capítulo, donde disecciona, con razón y con algo de poesía, nuestra realidad social: “Hay que proteger y cuidar esas pocas cosas invisibles que siguen sin contaminar, que siguen puras después de la revolución tecnológica: eso que no tiene marca, porque es único e inagotable, es decir, inconsumible; eso que nos pone frente a un silencio que se nos abre como revelación de lo que somos. Y hay que proteger esos pequeños restos de humanidad sin hacer de ellos ninguna bandera, sin promocionarlos, sin reivindicarlos, viviéndolos con naturalidad en las orillas del Imperio como en una reserva, sin huir ni entrar en él, hasta que llegue la catástrofe o la salvación”.

En la mayoría de los textos de este libro, de las reflexiones, hay más de intuición que de análisis, más de evocación del pensamiento que desarrollo de este; quizá algo más de poesía que de filosofía. Más emoción y hondura que realidad y descripción. No estamos ante un ensayo pero tampoco ante un poemario, aunque de los dos se tomen estilos, maneras e intenciones. Un ejemplo: un apunte de la segunda parte del libro, sobre el arte actual: “Qué ternura inspiran todos esos catedráticos, críticos, eruditos de lo moderno, que defienden la última proeza artística blandiendo su manual de Historia del Arte, como si el arte tuviera que llegar a parte alguna subiendo escalones y quemando etapas. Ciegos para el desafío indecible de la belleza, bestias de piel dura y pasos ligeros, aún no se han dado cuenta de que en el arte no hay historia, hay metamorfosis”.

Tanto el tono como el ritmo o la deliberada elección del lenguaje –signos que dan pistas de buen poeta- invitan al poema, te llevan a él; pero esas últimas frases, sobre todo en el cierre, sugieren una buena idea, que queda abierta a la interpretación de los lectores. Todos sabemos lo que José Mateos quiere decir, aunque no lo diga del todo. El silencio habla. El juego de lo evidente y lo implícito es un recurso que discurre por todo el libro.

Quizá haya lectores que acusen aquí ambigüedad o ambivalencia, y que ese juego constante entre el poeta y el ensayista confunda o no resulte pleno.  También es posible que se olviden de estas disquisiciones formales al leer párrafos como el siguiente, tan enigmático como cierto: “Ni la proporción, ni el encanto, ni la semejanza…, la característica más esencial de la belleza, la única que permanece a lo largo de los siglos y sus diferentes gustos, es la fragilidad. Y las obras humanas solo manifiestan su fragilidad cuando nos remiten a un más allá de sí mismas, poderosísimo e inalcanzable. La fragilidad es lo más digno de amor que posee un hombre. Solo nuestra propia fragilidad y el respeto a la fragilidad de todo lo que nos rodea, salvan al mundo. Sin fragilidad no hay, no puede haber belleza”.

Entre Juan de Mairena y Bobin, entre san Agustín y Antonio Porchia, José Mateos es un hombre que ve y que escucha, que tiene atención del fenómeno concreto y que percibe el sentido de las cosas sin nombre, aunque sepa aproximar la palabra. En esa personalidad tan dual, nos ofrece un libro que es poema y que es ensayo y que nada de eso. Porque puede ser mucho más. Puede ser un libro que nos abre la casa de un escritor con sensibilidad, emoción y acierto. Con vida.

(Publicado en el nº141 de la revista Clarín).

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Frase común entre un prototipo de cofrade hispalense, esa que dice que se ha perdido el sentido de la medida. Es habitual leer la expresión, tan abstracta como vacía, en artículos de la prensa cofradiera, en comentarios catastrofistas que insisten en un tiempo de absoluta hecatombe, el de hoy, frente a otro tiempo que ya pasó, donde todo era idílico, impoluto e inmaculado. El problema es que nunca se sabe muy bien dónde está ese tiempo, si en una Semana Santa donde las juntas de gobierno  tenían que reunirse en un cabildo para saber si había dinero para salir o si está, quién sabe, en aquella Semana Santa de los años setenta u ochenta, donde el exceso –que no nos falte de nada- era criterio común en la estética de la fiesta. Los partidarios de esa idea de haber perdido algo que se llama medida rara vez nos especifican dónde estuvo esa medida que se ha perdido, y en cuanto echamos un repaso a la historia de la Semana Santa sevillana, empezamos a sospechar, a tener indicios: la Semana Santa que ellos buscan tiene más de literatura que de historia, más de cuento costumbrista que de análisis histórico. Es, puede, una medida que nunca ha existido más allá de las idealizaciones de cada uno y que, además, no se puede cuantificar, pues casi siempre coincide con lo que cada persona considera que es la medida. Al final, parece, que todo se resume en que se ha perdido la Semana Santa que a mí me gusta, y la que yo quiero que, sobre el resto, prevalezca. El apuro llega cuando toca descubrir que esa fiesta perdida nunca ha existido. Ni existió. Ni existirá.

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Las elecciones cofrades en estos meses de junio, desde hace años tan habituales, suelen darse entre dos candidaturas que ofrecen proyectos que no disienten tanto entre sí, que no se diferencian demasiado unos de otros. Los lemas, por ejemplo, más o menos los mismos: palabras con buenas intenciones, unión entre los hermanos, cuidar y querer mucho a la gente. Tampoco se distinguen, y basta con echar un vistazo por las webs de las hermandades, los programas de cada candidatura: como mucho, donde uno pretende apostar en una estética, otros apuestan otra. A primera vista, asombra que todas las candidaturas llamen a la unidad entre hermanos pero sean estas las que rompen esa pretensión de unidad, y asombra que leamos lo que se supone que son dos proyectos diferentes y encontremos diferencias que son, a lo sumo, nimiedades estéticas sin la menor importancia. ¿Por qué, si no hay diferencias relevantes, suelen presentarse dos opciones? Porque estas candidaturas tan habituales de junio, también de octubre, son, más que propuestas de unos, cuentas pendientes a los otros. Y porque, en el fondo, lo único que se busca es liquidar fobias personales, inquinas de unos, reticencias de otros. Estas candidaturas casi siempre se plantean sobre temas que afectan a la hermandad pero, si indagas, descubres que tan sólo se procuran asuntos personales. El nombre de la hermandad y sus necesidades son el pretexto sobre el que se satisfacen las necesidades de unos pocos nombres que apenas nadie conoce y que, en realidad, nada importan.

LAURA FREIXAS DICE QUE

La pasada semana, la escritora Laura Freixas escribió un tuit en el que difundía unas líneas del último ensayo del filósofo político Manuel Arias Maldonado, editado en Anagrama. El texto del tuit, que a su vez acompañaba una foto con el párrafo del libro, decía así: “Juro que he empezado este libro sin prejuicios, con buena voluntad. He resistido 59 páginas (de argumentos sinuosos, tramposos, tirar la piedra y esconder la mano) y lo he dejado al llegar a este párrafo. No hará falta que lo comente, ¿verdad?”.

El párrafo al que Freixas se refiere, sin prejuicios, con buena voluntad (sic),  es una cita que Arias Maldonado toma de otro autor, donde se escribe: “(…) Volkmar Sigusch, director durante treinta años del Instituto Científico Sexual ligado a la Universidad Goethe de Frankfurt, ha afirmado que una sociedad sin prostitución le resulta inimaginable, pues en ella se multiplicarían los homicidios y las agresiones sexuales, lamentando de paso la mezcla de hipocresía y puritanismo que nos impide reconocer su funcionalidad social”.

Quizá Laura Freixas no tenga nada más que comentar, pero cualquier lector, incluso con muchos prejuicios y con muy mala voluntad, podría advertir que no es lo mismo la cita de un autor cualquiera y el argumento o el criterio político del autor que firma el ensayo. Es decir, que el hecho de que un autor, en su ensayo, tome las palabras de otra persona no significa que este esté de acuerdo con las de aquel. Es una deducción tan simple que da un poco de reparo comentarla.

Pero parece que la escritora no sólo no ha caído en la obviedad sino que la expone, sin el menor pudor, en su cuenta personal de Twitter, donde tantos seguidores son sensibles, contrarios, a lo que se enuncia en las palabras que Arias Maldonado toma prestadas. Aquí abandono las verdades materiales y entro en el sinuoso y sin dudas tantas veces tramposo lugar para las conjeturas y las hipótesis, aunque tirando la piedra y sin esconder la mano. Laura Freixas es consciente de que cualquier párrafo en el que un autor insinúe las ventajas de la prostitución en la sociedad de hoy –bueno, y de cualquier época- será repudiado (compartido) por sus seguidores, siempre a favor de la autora del tuit-protesta y en contra del autor que defienda esa tesis. E imaginamos, porque todos la hemos vivido, la satisfacción moral que nos provocamos al ver que trescientas personas apoyan lo bueno que somos. Como cuando, de niños, decíamos a los compañeros que nuestro dibujo no era tan bueno como el de ellos, pero sólo para que nos dijeran que éramos pequeños genios de la pintura. O como cuando, de adultos, tratamos de señalar nuestros defectos pero para compararlos con los del otro y no quedar tan mal. En fin, cinismo, fariseísmo tuitero, oportunismo viral. Todo eso.

Las defensa de las causas políticas nobles, cuando todo el mundo nos observa, cuando en todo ese mundo buscamos saciar nuestras vanidades, no son tan defensa de las causas políticas nobles como de nosotros mismos, de nuestro estatus personal o de nuestra reputación. Cuando así ocurre, ese interés en nuestra sociedad que aparenta, en principio, altruismo,  alcanza colores más egocéntricos, como cuando contamos en el perfil de Facebook nuestro desinteresado viaje de verano para ayudar a personas desfavorecidas.

Qué bien que Laura Freixas esté en contra de las palabras de la cita. Pero todo se distorsiona cuando parece que trata a la realidad no como es, sino como le gustaría que fuese. Y todo para así seguir reafirmándose en su propia cosmovisión ideológica. Es curioso: al final, para seguir perpetuando una realidad de la que disiente.

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De la romería del Rocío se tiene mala imagen: la fiesta del golfo católico devoto de la bacanal pagana. Ese concepto prejuicioso, que además resulta muy rentable, porque incita al morbo, es el obligado en las televisiones de la prensa rosa y en los reportajes sensacionalistas. Yo fui al Rocío con esa idea en la cabeza, con la idea de una fiesta donde predomina el bárbaro de apellidos con familia de moral conservadora y romance extramatrimonial en las cuadras de la casa. No sé, hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío una foto en las marismas; hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío días sin un mínimo murmullo de civilización contemporánea; hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío ampollas en los pies y hay gente, estos los más inteligentes, que va al Rocío y se lleva del Rocío un día y medio sin pagar un duro y gozando los placeres del ocio y del tiempo libre. Yo del Rocío, de la primera vez que con diecisiete años pisé el Rocío, me llevé mucho más que una creencia religiosa, un recuerdo sentimental o una fiesta gratis: me llevé una casa amable y convencional que me invitó a compartir mesa. Me llevé un revés a mis prejuicios y me llevé una pauta que me ha ido acompañando día tras día: antes de hablar, conoce. A mí el Rocío me enseñó, sorpresa, el primer principio del hombre ilustrado: que el mundo no está hecho de simples caricaturas con las que nos evitamos pensar por nosotros mismos.