COPE

De la romería del Rocío se tiene mala imagen: la fiesta del golfo católico devoto de la bacanal pagana. Ese concepto prejuicioso, que además resulta muy rentable, porque incita al morbo, es el obligado en las televisiones de la prensa rosa y en los reportajes sensacionalistas. Yo fui al Rocío con esa idea en la cabeza, con la idea de una fiesta donde predomina el bárbaro de apellidos con familia de moral conservadora y romance extramatrimonial en las cuadras de la casa. No sé, hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío una foto en las marismas; hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío días sin un mínimo murmullo de civilización contemporánea; hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío ampollas en los pies y hay gente, estos los más inteligentes, que va al Rocío y se lleva del Rocío un día y medio sin pagar un duro y gozando los placeres del ocio y del tiempo libre. Yo del Rocío, de la primera vez que con diecisiete años pisé el Rocío, me llevé mucho más que una creencia religiosa, un recuerdo sentimental o una fiesta gratis: me llevé una casa amable y convencional que me invitó a compartir mesa. Me llevé un revés a mis prejuicios y me llevé una pauta que me ha ido acompañando día tras día: antes de hablar, conoce. A mí el Rocío me enseñó, sorpresa, el primer principio del hombre ilustrado: que el mundo no está hecho de simples caricaturas con las que nos evitamos pensar por nosotros mismos.

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