LO PACÍFICO NO ES EXCUSA (ALGUNAS TRAMPAS DEL INDEPENDENTISMO)

El independentismo catalán es un movimiento político que ha trabajado muy bien su imagen, su publicidad. Lo tenían fácil: el que va a la contra, el rebelde, suele tener buena prensa. Es el subversivo, el que trata de doblegar, el débil. Un conjunto de circunstancias, de adjetivaciones, que en el mundo moderno generan simpatías: nadie quiere ir con otro que no sea el actor épico de una discusión. Los independentistas aprovecharon esa circunstancia para fabricar una imagen de ciudadanos cívicos, exquisitos, pacíficos y dialogantes que le echaban el pulso a un Estado semianalfabeto, castizo, bárbaro y folclórico. Era, en esa tergiversación de la historia, la cultura ilustrada centroeuropea contra un país que apenas había conocido nada más allá de las guerras cainitas, la peineta y el casino provinciano.

Se ha insistido en que el independentismo es un movimiento pacífico. Es un argumento recurrente en las conversaciones. Como si el hecho de no secundar violencia ya fuese una razón suficiente para tolerar la manera en que ejecutaron sus fines políticos, que recordamos: al margen de la ley y de la Constitución. El independentismo puede ser pacífico, pero eso no exime ni atenúa ninguno de los delitos por los que los políticos independentistas han sido condenados. Deliberadamente, estos tratan de tergiversar los hechos: una cosa es una idea legítima (claro que la independencia de un país lo es) y otra la forma en que se ha perpetrado esa idea legítima (en resumen: imponiendo la voluntad de unos sobre la ley de todos). A nadie, en España, se le ha condenado por sus ideas. A lo sumo, por la forma en que han consumado esas ideas. Hasta ahí.

Un empresario podrá ser pacífico a la hora de incurrir en delitos fiscales. O en cometer un fraude laboral. Pero en ningún caso eso será excusa para absolverlo de unos hechos probados (el argumento, más o menos, sería: en mi empresa llevo una contabilidad B con la que me evito pagar impuestos y así costearme una nueva casa, pero de buen rollo, amigos inspectores, amigos jueces). Cuando el independentismo habla de idea pacífica, parece que nos quieren decir que por no entrar a tiros en el Congreso tienen potestad para cumplir cada uno de sus planes, y sin que una sola institución pueda cuestionar el modo de cumplir con sus propósitos. Es evidente que eso se inventó hace siglos, y es una opción política que oscila entre el absolutismo y el régimen autoritario.

Esa trampa del retrato sofisticado y rebelde trae consigo otras consecuencias: es una recreación que ha seducido, durante años, a buena parte de la izquierda española, quien temía encontrar complicidades con ciertos enemigos culturales del catalanismo: la derecha reaccionaria, los partidarios de la centralización (casi siempre gente de derechas) y esa España de clavel y tardes de toros que asocian con el franquismo. El resultado ha sido una izquierda que algunas veces ha visto con buenos ojos este movimiento y que en otras ocasiones lo ha tolerado, ya sea por acción o por omisión. En estos días de barricadas y agitación, hemos podido ver unos cuantos ejemplos: yo no voy con nadie, es una guerra de élites y esto conmigo no va, no apoyo a ningún nacionalismo, etc.

Este independentismo catalán, el de estos últimos siete años, no ha sido, aunque lo hayan querido vender así, un conflicto entre dos nacionalismos. Mucho menos la escisión de un país europeo lastrado por esa España ibérica de secarral. Ha sido un movimiento político que ha querido imponer su voluntad ante la voluntad de todos, ante la voluntad de una sociedad que es soberana de las leyes que nos ayudan a convivir, a limitar nuestras acciones, a ser, en definitiva, libres.

COSAS QUE UN DÍA FUERON DE IZQUIERDAS Y AHORA SON DE DERECHAS. O AL REVÉS

Cuántas veces definimos nuestra personalidad política por la decisión del contrario, por lo que otra ideología contraria defiende o propone. Es habitual, incluso entre los amigos ilustrados, el hecho de predicar la idea no por un razonamiento personal propio sino por el razonamiento del adversario, del amigo de la otra opinión. Así, pensaremos no por lo que nosotros creamos que tenemos que pensar, por el peso del argumento, sino por lo que otros dicen o quieren pensar. Se ha escrito mucho del tema: somos lo que de otros nos causa rechazo. Crecemos, nos hacemos, por lo que elegimos, pero también por lo que declinamos. Necesitamos de un enemigo para conocer nuestro rol, para saber de nuestra personalidad, de nuestra identidad, para conocernos a nosotros mismos.

Pero la consecuencia de esa situación es que incurrimos en contradicciones e incongruencias, en una comunión de ideas incompatibles pero que conviven en una misma ideología, en una tribu ideológica. Una contradicción aparentemente armoniosa y lógica. Pienso en esto sobre tres temas: la gentrificación, el aborto/gestación subrogada y la noción de liberal.

La gentrificación, hasta hace pocos años, hasta hace unos diez o quince años, era bien vista por la izquierda. Por partidos de izquierda. Y es que sobre esas propuestas había atmósfera de modernidad y de progreso. Aquí, en mi Sevilla natal, se peatonalizaron calles, se abrieron nuevos comercios, se remodelaron antiguos edificios. Todo era pretexto para traer una modernidad a la ciudad localista, para parecernos a otras ciudades de Europa, para seguir una línea estética y funcional de ciudad sostenible y habitable (por copiar el lenguaje relamido de muchos de sus políticos entusiastas). Quien argumentara razones en contra fue etiquetado de rancio, de carca y casi de simpatizante de un cateto chovinismo parafascista, de hortera provinciano (cuando nada más provinciano que creer que lo extranjero, por ser extranjero, es mejor). Así, en otras ciudades, como Bilbao o como Barcelona. Ahora, diez o quince años después, quienes apoyaron a partidos políticos con medidas similares, prefieren el encanto de la mercería de siempre, los negocios de siempre en las calles de siempre, la estética que ellos conocieron tal como ellos la conocieron. Una apología del casticismo esencialista.

Parecido ocurre con el aborto y la gestación subrogada. Quienes hace unos nueve años (la ley de Zapatero es de 2010) defendían el derecho al aborto como un principio incuestionable de la libertad personal, rechazan la idea de que una mujer decida qué hacer con su propio cuerpo. El principal argumento para abortar, todos lo recordamos, era que nadie podía condicionar la voluntad de la persona sobre su propio cuerpo, muchos menos una idea conservadora o la doctrina de la Iglesia católica. Algunos de los amigos que entonces se manifestaron a favor del aborto, hoy se manifiestan en contra de la gestación subrogada. Cuando ambos temas convergen en un mismo punto. El problema, claro, es quién lo defiende, y también quién lo discute.

El concepto de liberal también ha transitado por diferentes horizontes ideológicos. Lo que en su día fue una palabra que se asociaba la izquierda (o al menos contraria a los reaccionarios de la derecha), es ahora una palabra que causa grima y repulsa en los fervorosos militantes de la izquierda, sobre todo en esa izquierda de clase media errejonista. Lo que hace treinta años era una ideología denostada por la mayoría de la derecha española, ahora es parte de su base ideológica. Igual con las izquierdas de este país, pero al revés.

Es asombroso cómo las ideas evolucionan en tan poco tiempo, ver cómo estas operan en una dirección u otra en función de quién las defienda, de quién se haga con ellas en sus discursos políticos. Tan asombroso como comprobar cuántas veces no pensamos por criterio propio o por el fin de la idea misma, sino por quién haga causa de una idea. Por lo que estéticamente nos sugiera esta, no por lo que razonadamente esta nos diga.